Aquí en la tierra

febrero 10, 2018 § Deja un comentario

La espuma helada de los cocktails burbujea viva sobre los bordes fríos y trasparentes de las copas

donde no dejan huellas ni los labios pintados ni el respirar humeante de los cigarros rubios

porque unos hombres y unas mujeres no desprenden cualquier huella que manche

mientras las sedas ciñen su carne limpia y su boca es pura como un dentífrico perfecto.

No manchan estos hombres y mujeres, miles de hombres y mujeres desde el impecable corte de sus trajes exquisitos

porque van y vienen entre el azabache oscuro de sus coches mientras el mundo pasa y ellos no pasan por el mundo,

por las avenidas donde los edificios agotan la geometría vanidosa de los arquitectos

y la luz se derrama como un chorro ambicioso para apagar la noche.

 

Cuando las colmenas soberbias donde viven abren los ojos iluminados de los cierres

y se asoman a respirar a un aire enteramente suyo, porque sus horas son distintas de los demás hombres,

cuando las terrazas juegan con la luz y las sombras para espiritualizar un poco su incrédulo amor

que sonríe sobre la plata de las fuentes o se embriaga de los reflejos amarillos del champán incitante

hasta estrechar los cuerpos en la danza o derramarse en el optimismo inconsciente de las risas.

Estas horas enteramente suyas, cuando la primavera declina rota por los estallidos del jazz,

limpias como los hombres y mujeres, miles de hombres y mujeres que se bañan en su éter tibio,

son amables como un beso que se roba bajo el perfume de una magnolia gigante,

amables como la espuma helada de los cocktails que burbujea sobre los bordes fríos y trasparentes de las copas.

 

Porque estos hombres y estas mujeres escancian la sola hora feliz de las ciudades,

cuando en la sombra las siluetas gigantes de los Bancos son como un himno a su poderío satisfecho,

cuando duermen aquellos que están cansados y cualquier tristeza suya está muerta entre las sábanas,

entonces la ciudad enciende sus luces para estos solos hombres como una antorcha de gozo que se quema

que derrama el oro y el brillo de las joyas entre chisporreteo tenue de violines

y la ciudad abre sus caracolas de luz al gozo llameante de los cinco sentidos

y los hombres y las mujeres sonríen al pasmo jubiloso de un mundo bien hecho

hasta que el sueño cierra las pupilas exhaustas de reflejos

y los cuerpos desnudos se funden en el tacto de los lechos.

 

Estos hombres y estas mujeres, miles de hombres y mujeres, que miden con su noche todas las horas del mundo

son los mismos que leen libros y periódicos y tienen un alma exquisita

un alma que se extasía ante cualquier azul tenue de los fondos de Giotto

que halla la belleza escondida entre los pliegues de cualquier túnica roja;

los mismos que se pasman ante los ojos vacíos de las estatuas

hechos todo espíritu para hervir su mente en la contemplación más profunda

de un verso solo del Dante o de la armonía inacabable de una fuga.

Estos hombres y mujeres, miles de hombres y mujeres, tienen un alma exquisita

porque la única sed que sienten se apaga en la sombra eterna de las catedrales

donde brilla el bermejo color de los mantos en el crepúsculo de las vidrieras

y son felices porque su hambre está siempre saciada con los frutos del huerto del mundo

y abierta a la brisa exultante de las más bellas cosas.

 

Son ellos los que están siempre sobre las cumbres como las águilas de bronce doradas en las cúpulas

rodeados del enjambre mercenario que trabaja y escruta en sus miradas cualquier orden

cualquier orden de su cerebro agudo como un ojo de lince

donde como un reflejo divino se hace una competencia atónita a las fuerzas del cosmos.

 

Hombres cuyos minutos son más preciosos que un diamante azulado

ebrios en la soberbia roja que exprime su cerebro pensante

que mandan a otros desde sus sillones dorados y visten uniformes para no parecerse a los demás hombres.

Son pedazos rotos de un inmenso brillante divino al azar esparcido en el rostro de la tierra

pedazos que hacen surgir un ansia de humillación en las gentes

de inclinar la rodilla anulados y atónitos

ante la maravilla de sus obras o la complicada armonía de su genio triunfante.

 

Porque la luz de un Olimpo ignoto se transparenta ávida de mentes asombradas

viva desde la espuma del cocktail cristalino

desde la carne de los cuerpos sin mancha.

Rompe cualquier opaco cristal desde la blanca mirada de las estatuas

y en el fuego escarlata de los pliegues sobre los lienzos oscuros

Dios irrumpe en el aire de los que beben el vino de la dicha

y aparece en el fulgor de los que crean con sus cerebros candentes

como un diamante que estalla en reflejos lívidos

ante nuestra alma que se ciega en la adoración más profunda

mientras un silencio es el preámbulo latente de un himno de alabanza.

 

Pero no es posible mirar demasiado tiempo hacia arriba

sin que una fría lluvia moje el vuelo de nuestras alas blancas

sin que la gravidez descomunal del mundo se ate a nuestros pies de pigmeo.

No es posible, ya que en nuestra alma hay algo que se llama misericordia, algo que se llama piedad

como dos ojos que miran angustiosamente hacia abajo

aquí en la tierra y en estas mismas ciudades de calles asfaltadas

aquí donde los arquitectos moldean la arcilla de las fórmulas

entre el latido bronco de los corazones eléctricos cuyo ritmo sobrevive a los hombres

esos dos ojos escrutan como un mar oscuro de tristeza donde naufragan los cantos de sirena

que llega hasta el cristal mismo donde se bebe el sueño optimista de los cocktails

hasta la lámpara que vela la noche de los cerebros calculadores

un mar que puede encerrarse a veces un una lágrima furtiva

o derramar su crecida flagelante sobre multitudes enteras.

 

Pues hay un orden maravilloso en el mundo, un orden excelente como el de los horarios de ferrocarriles

o aquel que Newton condensaba en fórmulas infinitesimales

un orden que pasma el alma ensimismada del bisonte de Aquino,

pero quizás, Señor, has puesto demasiada misericordia en nuestros ojos

demasiada piedad en los oídos para escuchar los gritos,

porque no es extraño que el asesino se ahogue amoratado en la horca

o expíe el ladrón su culpa en un calabozo oscuro,

pero has puesto demasiada misericordia en los ojos, demasiada piedad en los oídos

para contemplar cómo los niños mueren de hambre o arrojan sangre de su pecho carcomido

niños que lloran en las gradillas de los Bancos, mientras en la cúspide las águilas están mudas

sin ver tampoco las manos temblorosas de los viejos, sarmientos implorantes de la vid de la miseria

que no tienen cualquier hambre exquisita

sino hambre de duro pan como perros cuya pupila suplica ante la mesa blanca del amo.

 

Demasiada piedad, demasiada misericordia para ver cómo se llevan los inocentes hasta la fosa misma

y se les hace morir con una ciencia fría entre el gas de una cámara desnuda

porque además de los destellos y las luces has permitido el llanto sobre el mundo y los estertores de las agonías

cuyo ruido alborota el corazón de innumerables madres que paren estúpidamente su dolor y el ajeno

de los hijos que miran hoscamente a sus padres con una acusación latente por haber sido creados

como aquel paralítico de nacimiento que era piltrafa amada por los sufrimientos más terribles

y los que no andan ni ríen sino que tosen y dan ayes enrojecidos por la fiebre.

 

Demasiada piedad, demasiada misericordia para contemplar ciertos seres que también a sí se llaman hombres

en los que produce asombro pensar que no son tigres de ojos acerados

como estos de quienes estrechamos la mano, que bajo la luna de Agosto fusilaban a otros atados por la espalda

o los que te reciben compungidos en un éxtasis donde se olvidan de haber desangrado la última miseria del pobre.

Aquí, aquí en la tierra innumerables que lanzan sentencias de muerte contra pueblos o naciones enteras

inocentes porque no ellos sino sus esbirros ejecutaron los asesinatos en masa o calcularon científicamente los bombardeos atómicos

estos hombres que se extasían ante una madonna de fray Angélico

ordenaron la inyección exterminadora sobre los niños raquíticos

cuyos gritos no oían estremecidos por la líquida transparencia de las flautas

en el arrobamiento divino de un concierto de Mozart…

 

Éstos también que a sí mismos se llaman hombres, en los que produce asombro saber que tienen alma y no son batracios o culebras reptantes

éstos que babean entre la sombra de los lupanares la borrachera de su piel desconchada de sífilis

o ésas que son mujeres y nos ofrecen la insinuación obscena de su sexo envejecido

entre la sombra de las callejas donde no llega la luz de las avenidas

donde se modulan gritos amoratados por los golpes de los maridos ebrios

mientras los niños se refugian en un sollozo y tiemblan horrorizados ante su propio padre

¡ah! estos hombres y estas mujeres, miles de hombres y mujeres cuya sola oración es la blasfemia,

que no visten sedas ni trajes impecables sino el mugriento uniforme de los pobres

macizos como rebaños en la estrechez sudorosa de los arrabales

que beben el vino ruin y ácido de las tabernas hasta mirarte fijamente.

 

Porque hay un orden excelente en el mundo como el de los horarios de ferrocarriles

y la luz de Tu diamante inmenso en los que beben el vino de la dicha aparece

como un nimbo que rompe cualquier opaco cristal de la duda

pero no, no es posible mirar demasiado tiempo hacia arriba

porque aquí abajo, del mar oscuro de la tierra surge una niebla que oculta tu presencia

y los que lloran y beben el vino ruin y ácido de las tabernas te miran fijamente

porque pusiste demasiada piedad en sus ojos, demasiada misericordia en sus oídos

y gira la tierra, gira, inalterable a cualquier grito, a un sollozo cualquiera…

 

Juan Bernier

Aquí en la tierra (1948)

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Para que yo me llame Ángel González

enero 12, 2018 § Deja un comentario

Para que yo me llame Ángel González,

para que mi ser pese sobre el suelo,

fue necesario un ancho espacio

y un largo tiempo:

hombres de todo el mar y toda tierra,

fértiles vientres de mujer, y cuerpos

y más cuerpos, fundiéndose incesantes

en otro cuerpo nuevo.

Solsticios y equinoccios alumbraron

con su cambiante luz, su vario cielo,

el viaje milenario de mi carne

trepando por los siglos y los huesos.

De su pasaje lento y doloroso

de su huida hasta el fin, sobreviviendo

naufragios, aferrándose

al último suspiro de los muertos,

yo no soy más que el resultado, el fruto,

lo que queda, podrido, entre los restos;

esto que veis aquí,

tan sólo esto:

un escombro tenaz, que se resiste

a su ruina, que lucha contra el viento,

que avanza por caminos que no llevan

a ningún sitio. El éxito

de todos los fracasos. La enloquecida

fuerza del desaliento…

 

Ángel González

Áspero mundo (1956)

 

Una muestra de “O Futuro”

octubre 23, 2017 § Deja un comentario

Presento dos poemas que me han gustado especialmente del magnífico y último libro de Abraham Gragera O Futuro. Ambos son de temática amorosa, alta poesía:

 

No sé quién soy, qué tengo

para darte,

pero si vienes a vivir conmigo

pondré mi mesa junto a la ventana

para verte llegar

cada tarde

 

porque me gusta verte

doblar la esquina,

cruzar la plaza,

de lejos, en silencio y preguntarme

cómo estuve contigo tanta muerte,

cómo pude volver y recordarte.

Abraham Gragera

O Futuro (Pre-Textos, 2017, p.53)

 

Nos hacemos mayores,

llegamos tarde a encuentros

fortuitos, reconocemos íntimos temores

en la cadencia de cualquier refrán.

 

El temor a vivir más que tú,

mientras huelo tu ropa,

y la doblo y la dejo

sobre la cama.

 

El temor a vivir menos que tú,

quedarme solo, en la mitad

no humana del amor, como tu ropa

esta mañana.

Abraham Gragera

O Futuro (Pre-Textos, 2017, p.77)

9788416906321

Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) – EDI-RED

septiembre 30, 2017 § Deja un comentario

Enlace a mis colaboraciones en el proyecto EDI-RED de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (aquí).

La sensación de estar en su lugar

septiembre 26, 2017 § Deja un comentario

Pierre Bourdieu, imprescindible.

Un poema inédito hecho videopoema: “Despertar”

julio 9, 2017 § Deja un comentario

DESPERTAR

 

Desvanecido el sueño,

busca un cuerpo querido y esfumado,

abraza la almohada con la forma

del amor que se pierde

                                          _suspendido en el aire

y aun tímidos de luz, sin voluntad,

sus ojos parpadean y despiertan

en un día indistinto, tan dióptrico y borroso

que no admite correcta graduación,

y antes de que sus manos se desborden

de agua fría y corriente

                                           _no ve nada:

solo arrastra los restos de un naufragio

por veneros que surcan sueños, sombras,

su rostro ante el espejo, el mismo rostro

que lo mira difuso, como recién nacido,

 

tras arremolinarse en el desagüe

 

el tiempo más oscuro de toda su existencia.

 

Daniel García Florindo
Inédito

 

 

Orgullo 2017

junio 26, 2017 § Deja un comentario

Una magnífica exposición de ilustraciones y poemas me sorprende en la Avenida de la Constitución, organizada por el Ayuntamiento de Sevilla dentro del Mes de la Diversidad Sexual. Podrá verse hasta el 4 de julio. La selección de los poemas la han realizado Carmen Camacho y Braulio Ortiz Poole.

  • Libros (poesía)

    Las nubes transitorias, Editorial Guadalturia, Sevilla, 2015

  • Amanecer en Pensilvania (rapsodias yanquis), Ediciones En Huida, Sevilla, 2014

  • Daniel García Florindo: Cuadernos de Lisboa, Ediciones En Huida, Sevilla, 2011

    Cuadernos de Lisboa (Ediciones En Huida, Sevilla, 2011)

  • Amanecer en Pennsylvania (Cuadernos de Sandua, 69, Córdoba, 2001)

  • Libros (estudios y edición)

    Prólogo y edición de POESÍA COMPLETA de Juan Bernier (Pre-textos, Valencia, 2011)

  • La compasión pagana. Estudio-antología de la poesía de Juan Bernier (Universidad de Córdoba, 2011)