Un nuevo poema inédito de Pablo García Baena: “Poeta local”

junio 2, 2018 § Deja un comentario

Poeta local

 

Allí estaba, en el pretil del puente,

contemplando en días de temporal

el bravío arrasar de la riada

que llevaba en fragor

ramas, aperos, vigas de almadía,

naos donde se posaban ateridas las aves.

Era el poeta local.

Tal vez miraba sus huyentes días

perdidos entre el légamo del agua,

jirones del recuerdo en desmemoria.

Era su vida: nuestras vidas son…

 

Tuvo un brillo de honores

en noche de liceo y de tapices.

Fanfarrias de las trompas y el aplauso

anuncian la llegada de la Corte de Amor,

y la más bella dama, él recuerda a Darío,

entre sus manos puso la eglantina de oro

como un tirso enramado de citas y promesas.

Ahora el desabrigo de los solitarios

le subía la bufanda hasta enjugar

gotas de lluvia o lágrimas,

y aún blande sus rimas,

escenas de un museo de cera apolillado

y andaluz.

 

Pablo García Baena

Poema inédito aparecido el 15-05-2018 en
Monograma: Revista Iberoamericana de Cultura y Pensamiento 2.0. Núm. 2.0 (2018)
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Miguel Poveda “enlorquecido”

mayo 27, 2018 § Deja un comentario

[…]

Quiero dormir un rato,
un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto;

[…]

Federico García Lorca
Versos de “Gacela de la muerte oscura”. Diván del Tamarit (1936)

Cuando se hundieron las formas puras
bajo el cri cri de las margaritas,
comprendí que me habían asesinado.
Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,
abrieron los toneles y los armarios,
destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.
Ya no me encontraron.
No ¿No me encontraron?
No. No me encontraron.
Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba,
y que el mar recordó ¡de pronto!
los nombres de todos sus ahogados.

Federico García Lorca
Fragmento de la “Fábula y rueda de tres amigos”, Poeta en Nueva York

Ay voz secreta del amor oscuro
¡ay balido sin lanas! ¡ay herida!
¡ay aguja de hiel, camelia hundida!
¡ay corriente sin mar, ciudad sin muro!

¡Ay noche inmensa de perfil seguro,
montaña celestial de angustia erguida!
¡ay perro en corazón, voz perseguida!
¡silencio sin confín, lirio maduro!

Huye de mí, caliente voz de hielo,
no me quieras perder en la maleza
donde sin fruto gimen carne y cielo.

Deja el duro marfil de mi cabeza,
apiádate de mí, ¡rompe mi duelo!
¡que soy amor, que soy naturaleza!

Federico García Lorca

Sonetos del amor oscuro (1935-36)

SON DE NEGROS EN CUBA

Cuando llegue la luna llena
iré a Santiago de Cuba,
iré a Santiago,
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Cantarán los techos de palmera.
Iré a Santiago.
Cuando la palma quiere ser cigüefla,
iré a Santiago.
Y cuando quiere ser medusa el plátano,
iré a Santiago.
Iré a Santiago
con la rubia cabeza de Fonseca.
Iré a Santiago.
Y con la rosa de Romeo y Julieta
iré a Santiago.
¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas!
Iré a Santiago.
¡Oh cintura caliente y gota de madera!
Iré a Santiago.
¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco!
Iré a Santiago.
Siempre he dicho que yo iría a Santiago
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Brisa y alcohol en las ruedas,
iré a Santiago.
Mi coral en la tiniebla,
iré a Santiago.
El mar ahogado en la arena,
iré a Santiago,
calor blanco, fruta muerta,
iré a Santiago.
¡Oh bovino frescor de calaveras!
¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!
Iré a Santiago.

Federico García Lorca
Poeta en Nueva York  (1929-30)

Tertulia sobre el documental Cántico

mayo 23, 2018 § Deja un comentario

Notas sobre un poema de “Noir”, de José Daniel García

abril 12, 2018 § Deja un comentario

ABISINIA ERA EL BLANCO, YA NO

 

Entré en la web de Harrod´s,

encargué una escafandra

serigrafiada

con palabras y ejemplos

de un diccionario escolar

monolingüe

y me sumergí,

buceando a pulmón,

en los caladeros de la lengua inglesa;

también en sus acuíferos

y en sus ríos

atestados de slang.

 

Endurecí mis brazos echando redes

sobre preposiciones y perífrasis;

para los verbos irregulares,

caña de pesca y cebo

de tres días.

 

Los fonemas fueron capturados

con técnicas de arrastre

en embarcaciones diminutas.

 

Pero la prosodia es un arte difícil.

 

¿Atrapar un acento sin arpón

y una pipa entre los labios?

Improbable.

 

                       José Daniel García

Noir (2017)

 

Por avatares académicos pude conocer este poema de José Daniel García antes de su publicación en su último libro Noir, publicado en noviembre del pasado año 2017 en la editorial sevillana La isla de Siltolá. Me complace encontrármelo, de nuevo, hoy insertado en este libro que acabo de adquirir y leer, junto a un conjunto de poemas magníficos igualmente potentes en sus “ganchos de izquierda”. Me refiero a textos que me hacen señalarlos con signos de admiración, tales como “Derrotero”, “Purificación”, “Los que te quieren [no] te olvidan”, “Al este del Edén”, “El lugar de mi confesión”, “Presagio”, “No [y] ser”, “Deseo”, o “Imagen y palabras”, este último de especial importancia para cohesionar el conjunto anterior. En definitiva, un magnífico libro de poesía nueva, moderna, que no deja de mantener una mirada comprometida con la realidad de nuestro tiempo al cual se asoma el joven poeta José Daniel García (Córdoba, 1979), autor de una premiada y exitosa trayectoria poética considerable: El sueño del monóxido (DVD, 2006), Coma (2008), Estibador de sombras (2010), así como de Fundido a rojo (2016), su primera novela publicada en la también editorial sevillana Ediciones en Huida.

Comparto las palabras del poeta José Luis Rey en la contraportada de este libro Noir:

[la emoción] queda ceñida y jamás se desborda, pues la rabia y fuerza del contenido se someten a un verso ajustado y retenido con las bridas del jinete de un verbo revelador. Libro de hondos chispazos, de spleen provinciano y lúcido, de inmersión en la poesía misma para sacar a flote los nombres y cadáveres del naufragio…

A continuación anoto las respuestas a cuatro cuestiones que pretenden abordar un acercamiento crítico sobre este sugerente poema “Abisinia era el blanco, ya no”. En fin, este par de notas:

  1. Sobre la intención del autor

En este poema la intención del autor parece consistir en plantear estéticamente una reflexión sobre el lenguaje y la sociedad globalizada del capitalismo actual, donde fácilmente es posible acceder a la compra de cualquier producto desde cualquier punto del mundo a través de internet —una escafandra que permita sumergirnos en una lengua distinta, por ejemplo—, pero donde difícilmente se permite acceder (sin arpón: sin cultura, sin crítica) a la realidad que dicho lenguaje representa. En este caso una lengua extranjera, que es también la hegemónica del mundo actual.

En el título “Abisinia era el blanco, ya no”, el topónimo “Abisinia” está cargado de al menos una doble connotación literaria. Por un lado, Abisinia es un espacio simbólico que puede aludir a la tierra donde terminó Rimbaud tras dejar la poesía con veinte años para dedicarse al tráfico de armas. Rimbaud representa precisamente el icono de la poesía joven y poderosa, representa una actitud de rebeldía inconformista y antisocial, al poeta maldito y simbolista. Aunque dejó de escribir poesía tan pronto, siguió escribiendo sus famosas Cartas abisinias. El poema podría leerse así, incluso, con el propio Rimbaud como un posible interlocutor.

Por otro lado, Abisinia constituye uno de esos espacios exóticos, lejanos y evasivos tan del gusto de la estética veneciana, novísima o posnovísima, una poesía culturalista a la que el título del poema alude a través de la sinécdoque que forma el sustantivo Abisinia. Entonces, el poeta estaría declarando en el título que esa poesía que floreció en la década de los setenta ya ha pasado y es otro el blanco, el fin de una nueva poesía. Sin embargo, a través de un juego irónico e intertextual, paradójicamente, este poema no deja de ser culturalista por esta misma referencia empleada. No obstante, frente a la poesía culturalista, en este poema metapoético la percepción del mundo no es tan hermosa, ordenada y perfecta como en las realidades proporcionadas por el arte, sino todo lo contrario, la realidad se percibe en este poema de manera problemática y difícil de entender (especialmente a lo que el arte, la “prosodia” se refiere).

Por todo esto, podemos afirmar que en el poema se cumple varias funciones: revelar el carácter de artificio del texto; despertar al lector y al autor mismo del sueño modernista de la evasión ingenua; mostrar la imposibilidad existencial de vivir en el arte y, por último, criticar dolorosamente que la realidad no sea tan hermosa, ordenada y perfecta.

  1. Sobre la tradición en que se enmarca

La plurisignificación del lenguaje poético permite interpretar esa problematización del lenguaje que plantea el poema tanto desde una perspectiva social y cultural, ya comentada, como desde una perspectiva metapoética, es decir, desde el punto de vista de la propia creación literaria.

Desde el primer punto de vista, la dificultad de una lengua extranjera (extraña) entronca con una de las manifestaciones simbólicas de la modernidad poética inaugurada por Baudelaire: el extranjero, es decir, un sujeto en constante extrañeza y extraño ante una sociedad (burguesa, bienpensante, capitalista, consumista, etc.) en la que no puede encajar. En ese choque del sujeto con la sociedad se encuentra el conflicto que el poema desarrolla.

Desde el segundo punto de vista, el metapoético, el tema se centra en la crítica del lenguaje como sistema de comunicación, de conocimiento y de expresión de la realidad. Se trata, pues, de una metapoesía de carácter crítico. Este aspecto se enmarca en una tradición que adquiere gran importancia entre inicios de los sesenta y finales de los setenta a causa de su profusión y su indagación existencial que derivaron en tres soluciones: la metapoesía, la poesía experimental y la poesía del silencio.

El tema de la crítica del lenguaje y de la creación poética está vinculado con aspectos muy variados aunque relacionados: a) con la posmodernidad como tendencia de pensamiento basada en el escepticismo sobre los valores absolutos y estables («diccionario escolar monolingüe»); b) con el culturalismo como modo de aproximarse al arte y modo de percibir la realidad («Abisinia era el blanco, ya no»); c) con la ironía y la parodia como procedimiento de construcción lingüística que levantan la sospecha sobre el significado unívoco de los textos («¿Atrapar un acento sin arpón / y una pipa entre los labios?»).

En este último sentido, la referencia a “pipa” posiblemente sea un guiño a la pintura de Magritte (La traición de las imágenes; en francés, La trahison des images, 1928-1929, una serie de cuadros de René Magritte, famosa por su inscripción Ceci n’est pas une pipe, que significa «esto no es una pipa»). En relación con esta referencia pictórica, este poema también puede sustentarse en una de las tesis fundamentales de Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.” Si el pensamiento es una representación de la realidad, la realidad es aquello que se puede describir con el lenguaje (en este sentido, se aprecia que la realidad en el Tractatus es una imagen que resulta de un lenguaje descriptivo, y no una realidad en sí; por eso los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo). El poema es un intento de superar ese mi lenguaje, mi mundo mediante la imaginación poética que expande esos límites.

La elección de un género tiene implicaciones pragmáticas. El poema pertenece al subgénero del poema lírico-narrativo o del poema lírico-filosófico, según la clasificación de W. Kayser[1] (1976: 445-452) que distingue para estos casos la actitud de enunciación lírica (frente al apóstrofe lírico y el lenguaje de canción). En cualquier caso, el poeta no se ajusta a ningún género clásico o codificado, sino que en el poema desarrolla una ruptura del marco genérico propia de la modernidad.

 

[1] Kayser, W. (1976): Interpretación y análisis de la obra literaria, Madrid, Gredos, 4.ª edición.

9788416682812

Mientras cantan los pájaros. La Universidad de Córdoba recuerda a Pablo García Baena

febrero 26, 2018 § Deja un comentario

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Aquí en la tierra

febrero 10, 2018 § Deja un comentario

La espuma helada de los cocktails burbujea viva sobre los bordes fríos y trasparentes de las copas

donde no dejan huellas ni los labios pintados ni el respirar humeante de los cigarros rubios

porque unos hombres y unas mujeres no desprenden cualquier huella que manche

mientras las sedas ciñen su carne limpia y su boca es pura como un dentífrico perfecto.

No manchan estos hombres y mujeres, miles de hombres y mujeres desde el impecable corte de sus trajes exquisitos

porque van y vienen entre el azabache oscuro de sus coches mientras el mundo pasa y ellos no pasan por el mundo,

por las avenidas donde los edificios agotan la geometría vanidosa de los arquitectos

y la luz se derrama como un chorro ambicioso para apagar la noche.

 

Cuando las colmenas soberbias donde viven abren los ojos iluminados de los cierres

y se asoman a respirar a un aire enteramente suyo, porque sus horas son distintas de los demás hombres,

cuando las terrazas juegan con la luz y las sombras para espiritualizar un poco su incrédulo amor

que sonríe sobre la plata de las fuentes o se embriaga de los reflejos amarillos del champán incitante

hasta estrechar los cuerpos en la danza o derramarse en el optimismo inconsciente de las risas.

Estas horas enteramente suyas, cuando la primavera declina rota por los estallidos del jazz,

limpias como los hombres y mujeres, miles de hombres y mujeres que se bañan en su éter tibio,

son amables como un beso que se roba bajo el perfume de una magnolia gigante,

amables como la espuma helada de los cocktails que burbujea sobre los bordes fríos y trasparentes de las copas.

 

Porque estos hombres y estas mujeres escancian la sola hora feliz de las ciudades,

cuando en la sombra las siluetas gigantes de los Bancos son como un himno a su poderío satisfecho,

cuando duermen aquellos que están cansados y cualquier tristeza suya está muerta entre las sábanas,

entonces la ciudad enciende sus luces para estos solos hombres como una antorcha de gozo que se quema

que derrama el oro y el brillo de las joyas entre chisporreteo tenue de violines

y la ciudad abre sus caracolas de luz al gozo llameante de los cinco sentidos

y los hombres y las mujeres sonríen al pasmo jubiloso de un mundo bien hecho

hasta que el sueño cierra las pupilas exhaustas de reflejos

y los cuerpos desnudos se funden en el tacto de los lechos.

 

Estos hombres y estas mujeres, miles de hombres y mujeres, que miden con su noche todas las horas del mundo

son los mismos que leen libros y periódicos y tienen un alma exquisita

un alma que se extasía ante cualquier azul tenue de los fondos de Giotto

que halla la belleza escondida entre los pliegues de cualquier túnica roja;

los mismos que se pasman ante los ojos vacíos de las estatuas

hechos todo espíritu para hervir su mente en la contemplación más profunda

de un verso solo del Dante o de la armonía inacabable de una fuga.

Estos hombres y mujeres, miles de hombres y mujeres, tienen un alma exquisita

porque la única sed que sienten se apaga en la sombra eterna de las catedrales

donde brilla el bermejo color de los mantos en el crepúsculo de las vidrieras

y son felices porque su hambre está siempre saciada con los frutos del huerto del mundo

y abierta a la brisa exultante de las más bellas cosas.

 

Son ellos los que están siempre sobre las cumbres como las águilas de bronce doradas en las cúpulas

rodeados del enjambre mercenario que trabaja y escruta en sus miradas cualquier orden

cualquier orden de su cerebro agudo como un ojo de lince

donde como un reflejo divino se hace una competencia atónita a las fuerzas del cosmos.

 

Hombres cuyos minutos son más preciosos que un diamante azulado

ebrios en la soberbia roja que exprime su cerebro pensante

que mandan a otros desde sus sillones dorados y visten uniformes para no parecerse a los demás hombres.

Son pedazos rotos de un inmenso brillante divino al azar esparcido en el rostro de la tierra

pedazos que hacen surgir un ansia de humillación en las gentes

de inclinar la rodilla anulados y atónitos

ante la maravilla de sus obras o la complicada armonía de su genio triunfante.

 

Porque la luz de un Olimpo ignoto se transparenta ávida de mentes asombradas

viva desde la espuma del cocktail cristalino

desde la carne de los cuerpos sin mancha.

Rompe cualquier opaco cristal desde la blanca mirada de las estatuas

y en el fuego escarlata de los pliegues sobre los lienzos oscuros

Dios irrumpe en el aire de los que beben el vino de la dicha

y aparece en el fulgor de los que crean con sus cerebros candentes

como un diamante que estalla en reflejos lívidos

ante nuestra alma que se ciega en la adoración más profunda

mientras un silencio es el preámbulo latente de un himno de alabanza.

 

Pero no es posible mirar demasiado tiempo hacia arriba

sin que una fría lluvia moje el vuelo de nuestras alas blancas

sin que la gravidez descomunal del mundo se ate a nuestros pies de pigmeo.

No es posible, ya que en nuestra alma hay algo que se llama misericordia, algo que se llama piedad

como dos ojos que miran angustiosamente hacia abajo

aquí en la tierra y en estas mismas ciudades de calles asfaltadas

aquí donde los arquitectos moldean la arcilla de las fórmulas

entre el latido bronco de los corazones eléctricos cuyo ritmo sobrevive a los hombres

esos dos ojos escrutan como un mar oscuro de tristeza donde naufragan los cantos de sirena

que llega hasta el cristal mismo donde se bebe el sueño optimista de los cocktails

hasta la lámpara que vela la noche de los cerebros calculadores

un mar que puede encerrarse a veces un una lágrima furtiva

o derramar su crecida flagelante sobre multitudes enteras.

 

Pues hay un orden maravilloso en el mundo, un orden excelente como el de los horarios de ferrocarriles

o aquel que Newton condensaba en fórmulas infinitesimales

un orden que pasma el alma ensimismada del bisonte de Aquino,

pero quizás, Señor, has puesto demasiada misericordia en nuestros ojos

demasiada piedad en los oídos para escuchar los gritos,

porque no es extraño que el asesino se ahogue amoratado en la horca

o expíe el ladrón su culpa en un calabozo oscuro,

pero has puesto demasiada misericordia en los ojos, demasiada piedad en los oídos

para contemplar cómo los niños mueren de hambre o arrojan sangre de su pecho carcomido

niños que lloran en las gradillas de los Bancos, mientras en la cúspide las águilas están mudas

sin ver tampoco las manos temblorosas de los viejos, sarmientos implorantes de la vid de la miseria

que no tienen cualquier hambre exquisita

sino hambre de duro pan como perros cuya pupila suplica ante la mesa blanca del amo.

 

Demasiada piedad, demasiada misericordia para ver cómo se llevan los inocentes hasta la fosa misma

y se les hace morir con una ciencia fría entre el gas de una cámara desnuda

porque además de los destellos y las luces has permitido el llanto sobre el mundo y los estertores de las agonías

cuyo ruido alborota el corazón de innumerables madres que paren estúpidamente su dolor y el ajeno

de los hijos que miran hoscamente a sus padres con una acusación latente por haber sido creados

como aquel paralítico de nacimiento que era piltrafa amada por los sufrimientos más terribles

y los que no andan ni ríen sino que tosen y dan ayes enrojecidos por la fiebre.

 

Demasiada piedad, demasiada misericordia para contemplar ciertos seres que también a sí se llaman hombres

en los que produce asombro pensar que no son tigres de ojos acerados

como estos de quienes estrechamos la mano, que bajo la luna de Agosto fusilaban a otros atados por la espalda

o los que te reciben compungidos en un éxtasis donde se olvidan de haber desangrado la última miseria del pobre.

Aquí, aquí en la tierra innumerables que lanzan sentencias de muerte contra pueblos o naciones enteras

inocentes porque no ellos sino sus esbirros ejecutaron los asesinatos en masa o calcularon científicamente los bombardeos atómicos

estos hombres que se extasían ante una madonna de fray Angélico

ordenaron la inyección exterminadora sobre los niños raquíticos

cuyos gritos no oían estremecidos por la líquida transparencia de las flautas

en el arrobamiento divino de un concierto de Mozart…

 

Éstos también que a sí mismos se llaman hombres, en los que produce asombro saber que tienen alma y no son batracios o culebras reptantes

éstos que babean entre la sombra de los lupanares la borrachera de su piel desconchada de sífilis

o ésas que son mujeres y nos ofrecen la insinuación obscena de su sexo envejecido

entre la sombra de las callejas donde no llega la luz de las avenidas

donde se modulan gritos amoratados por los golpes de los maridos ebrios

mientras los niños se refugian en un sollozo y tiemblan horrorizados ante su propio padre

¡ah! estos hombres y estas mujeres, miles de hombres y mujeres cuya sola oración es la blasfemia,

que no visten sedas ni trajes impecables sino el mugriento uniforme de los pobres

macizos como rebaños en la estrechez sudorosa de los arrabales

que beben el vino ruin y ácido de las tabernas hasta mirarte fijamente.

 

Porque hay un orden excelente en el mundo como el de los horarios de ferrocarriles

y la luz de Tu diamante inmenso en los que beben el vino de la dicha aparece

como un nimbo que rompe cualquier opaco cristal de la duda

pero no, no es posible mirar demasiado tiempo hacia arriba

porque aquí abajo, del mar oscuro de la tierra surge una niebla que oculta tu presencia

y los que lloran y beben el vino ruin y ácido de las tabernas te miran fijamente

porque pusiste demasiada piedad en sus ojos, demasiada misericordia en sus oídos

y gira la tierra, gira, inalterable a cualquier grito, a un sollozo cualquiera…

 

Juan Bernier

Aquí en la tierra (1948)

Para que yo me llame Ángel González

enero 12, 2018 § Deja un comentario

Para que yo me llame Ángel González,

para que mi ser pese sobre el suelo,

fue necesario un ancho espacio

y un largo tiempo:

hombres de todo el mar y toda tierra,

fértiles vientres de mujer, y cuerpos

y más cuerpos, fundiéndose incesantes

en otro cuerpo nuevo.

Solsticios y equinoccios alumbraron

con su cambiante luz, su vario cielo,

el viaje milenario de mi carne

trepando por los siglos y los huesos.

De su pasaje lento y doloroso

de su huida hasta el fin, sobreviviendo

naufragios, aferrándose

al último suspiro de los muertos,

yo no soy más que el resultado, el fruto,

lo que queda, podrido, entre los restos;

esto que veis aquí,

tan sólo esto:

un escombro tenaz, que se resiste

a su ruina, que lucha contra el viento,

que avanza por caminos que no llevan

a ningún sitio. El éxito

de todos los fracasos. La enloquecida

fuerza del desaliento…

 

Ángel González

Áspero mundo (1956)

 

  • Libros (poesía)

    Las nubes transitorias, Editorial Guadalturia, Sevilla, 2015

  • Amanecer en Pensilvania (rapsodias yanquis), Ediciones En Huida, Sevilla, 2014

  • Daniel García Florindo: Cuadernos de Lisboa, Ediciones En Huida, Sevilla, 2011

    Cuadernos de Lisboa (Ediciones En Huida, Sevilla, 2011)

  • Amanecer en Pennsylvania (Cuadernos de Sandua, 69, Córdoba, 2001)

  • Libros (estudios y edición)

    Prólogo y edición de POESÍA COMPLETA de Juan Bernier (Pre-textos, Valencia, 2011)

  • La compasión pagana. Estudio-antología de la poesía de Juan Bernier (Universidad de Córdoba, 2011)