Aquí en la tierra

febrero 10, 2018 § Deja un comentario

La espuma helada de los cocktails burbujea viva sobre los bordes fríos y trasparentes de las copas

donde no dejan huellas ni los labios pintados ni el respirar humeante de los cigarros rubios

porque unos hombres y unas mujeres no desprenden cualquier huella que manche

mientras las sedas ciñen su carne limpia y su boca es pura como un dentífrico perfecto.

No manchan estos hombres y mujeres, miles de hombres y mujeres desde el impecable corte de sus trajes exquisitos

porque van y vienen entre el azabache oscuro de sus coches mientras el mundo pasa y ellos no pasan por el mundo,

por las avenidas donde los edificios agotan la geometría vanidosa de los arquitectos

y la luz se derrama como un chorro ambicioso para apagar la noche.

 

Cuando las colmenas soberbias donde viven abren los ojos iluminados de los cierres

y se asoman a respirar a un aire enteramente suyo, porque sus horas son distintas de los demás hombres,

cuando las terrazas juegan con la luz y las sombras para espiritualizar un poco su incrédulo amor

que sonríe sobre la plata de las fuentes o se embriaga de los reflejos amarillos del champán incitante

hasta estrechar los cuerpos en la danza o derramarse en el optimismo inconsciente de las risas.

Estas horas enteramente suyas, cuando la primavera declina rota por los estallidos del jazz,

limpias como los hombres y mujeres, miles de hombres y mujeres que se bañan en su éter tibio,

son amables como un beso que se roba bajo el perfume de una magnolia gigante,

amables como la espuma helada de los cocktails que burbujea sobre los bordes fríos y trasparentes de las copas.

 

Porque estos hombres y estas mujeres escancian la sola hora feliz de las ciudades,

cuando en la sombra las siluetas gigantes de los Bancos son como un himno a su poderío satisfecho,

cuando duermen aquellos que están cansados y cualquier tristeza suya está muerta entre las sábanas,

entonces la ciudad enciende sus luces para estos solos hombres como una antorcha de gozo que se quema

que derrama el oro y el brillo de las joyas entre chisporreteo tenue de violines

y la ciudad abre sus caracolas de luz al gozo llameante de los cinco sentidos

y los hombres y las mujeres sonríen al pasmo jubiloso de un mundo bien hecho

hasta que el sueño cierra las pupilas exhaustas de reflejos

y los cuerpos desnudos se funden en el tacto de los lechos.

 

Estos hombres y estas mujeres, miles de hombres y mujeres, que miden con su noche todas las horas del mundo

son los mismos que leen libros y periódicos y tienen un alma exquisita

un alma que se extasía ante cualquier azul tenue de los fondos de Giotto

que halla la belleza escondida entre los pliegues de cualquier túnica roja;

los mismos que se pasman ante los ojos vacíos de las estatuas

hechos todo espíritu para hervir su mente en la contemplación más profunda

de un verso solo del Dante o de la armonía inacabable de una fuga.

Estos hombres y mujeres, miles de hombres y mujeres, tienen un alma exquisita

porque la única sed que sienten se apaga en la sombra eterna de las catedrales

donde brilla el bermejo color de los mantos en el crepúsculo de las vidrieras

y son felices porque su hambre está siempre saciada con los frutos del huerto del mundo

y abierta a la brisa exultante de las más bellas cosas.

 

Son ellos los que están siempre sobre las cumbres como las águilas de bronce doradas en las cúpulas

rodeados del enjambre mercenario que trabaja y escruta en sus miradas cualquier orden

cualquier orden de su cerebro agudo como un ojo de lince

donde como un reflejo divino se hace una competencia atónita a las fuerzas del cosmos.

 

Hombres cuyos minutos son más preciosos que un diamante azulado

ebrios en la soberbia roja que exprime su cerebro pensante

que mandan a otros desde sus sillones dorados y visten uniformes para no parecerse a los demás hombres.

Son pedazos rotos de un inmenso brillante divino al azar esparcido en el rostro de la tierra

pedazos que hacen surgir un ansia de humillación en las gentes

de inclinar la rodilla anulados y atónitos

ante la maravilla de sus obras o la complicada armonía de su genio triunfante.

 

Porque la luz de un Olimpo ignoto se transparenta ávida de mentes asombradas

viva desde la espuma del cocktail cristalino

desde la carne de los cuerpos sin mancha.

Rompe cualquier opaco cristal desde la blanca mirada de las estatuas

y en el fuego escarlata de los pliegues sobre los lienzos oscuros

Dios irrumpe en el aire de los que beben el vino de la dicha

y aparece en el fulgor de los que crean con sus cerebros candentes

como un diamante que estalla en reflejos lívidos

ante nuestra alma que se ciega en la adoración más profunda

mientras un silencio es el preámbulo latente de un himno de alabanza.

 

Pero no es posible mirar demasiado tiempo hacia arriba

sin que una fría lluvia moje el vuelo de nuestras alas blancas

sin que la gravidez descomunal del mundo se ate a nuestros pies de pigmeo.

No es posible, ya que en nuestra alma hay algo que se llama misericordia, algo que se llama piedad

como dos ojos que miran angustiosamente hacia abajo

aquí en la tierra y en estas mismas ciudades de calles asfaltadas

aquí donde los arquitectos moldean la arcilla de las fórmulas

entre el latido bronco de los corazones eléctricos cuyo ritmo sobrevive a los hombres

esos dos ojos escrutan como un mar oscuro de tristeza donde naufragan los cantos de sirena

que llega hasta el cristal mismo donde se bebe el sueño optimista de los cocktails

hasta la lámpara que vela la noche de los cerebros calculadores

un mar que puede encerrarse a veces un una lágrima furtiva

o derramar su crecida flagelante sobre multitudes enteras.

 

Pues hay un orden maravilloso en el mundo, un orden excelente como el de los horarios de ferrocarriles

o aquel que Newton condensaba en fórmulas infinitesimales

un orden que pasma el alma ensimismada del bisonte de Aquino,

pero quizás, Señor, has puesto demasiada misericordia en nuestros ojos

demasiada piedad en los oídos para escuchar los gritos,

porque no es extraño que el asesino se ahogue amoratado en la horca

o expíe el ladrón su culpa en un calabozo oscuro,

pero has puesto demasiada misericordia en los ojos, demasiada piedad en los oídos

para contemplar cómo los niños mueren de hambre o arrojan sangre de su pecho carcomido

niños que lloran en las gradillas de los Bancos, mientras en la cúspide las águilas están mudas

sin ver tampoco las manos temblorosas de los viejos, sarmientos implorantes de la vid de la miseria

que no tienen cualquier hambre exquisita

sino hambre de duro pan como perros cuya pupila suplica ante la mesa blanca del amo.

 

Demasiada piedad, demasiada misericordia para ver cómo se llevan los inocentes hasta la fosa misma

y se les hace morir con una ciencia fría entre el gas de una cámara desnuda

porque además de los destellos y las luces has permitido el llanto sobre el mundo y los estertores de las agonías

cuyo ruido alborota el corazón de innumerables madres que paren estúpidamente su dolor y el ajeno

de los hijos que miran hoscamente a sus padres con una acusación latente por haber sido creados

como aquel paralítico de nacimiento que era piltrafa amada por los sufrimientos más terribles

y los que no andan ni ríen sino que tosen y dan ayes enrojecidos por la fiebre.

 

Demasiada piedad, demasiada misericordia para contemplar ciertos seres que también a sí se llaman hombres

en los que produce asombro pensar que no son tigres de ojos acerados

como estos de quienes estrechamos la mano, que bajo la luna de Agosto fusilaban a otros atados por la espalda

o los que te reciben compungidos en un éxtasis donde se olvidan de haber desangrado la última miseria del pobre.

Aquí, aquí en la tierra innumerables que lanzan sentencias de muerte contra pueblos o naciones enteras

inocentes porque no ellos sino sus esbirros ejecutaron los asesinatos en masa o calcularon científicamente los bombardeos atómicos

estos hombres que se extasían ante una madonna de fray Angélico

ordenaron la inyección exterminadora sobre los niños raquíticos

cuyos gritos no oían estremecidos por la líquida transparencia de las flautas

en el arrobamiento divino de un concierto de Mozart…

 

Éstos también que a sí mismos se llaman hombres, en los que produce asombro saber que tienen alma y no son batracios o culebras reptantes

éstos que babean entre la sombra de los lupanares la borrachera de su piel desconchada de sífilis

o ésas que son mujeres y nos ofrecen la insinuación obscena de su sexo envejecido

entre la sombra de las callejas donde no llega la luz de las avenidas

donde se modulan gritos amoratados por los golpes de los maridos ebrios

mientras los niños se refugian en un sollozo y tiemblan horrorizados ante su propio padre

¡ah! estos hombres y estas mujeres, miles de hombres y mujeres cuya sola oración es la blasfemia,

que no visten sedas ni trajes impecables sino el mugriento uniforme de los pobres

macizos como rebaños en la estrechez sudorosa de los arrabales

que beben el vino ruin y ácido de las tabernas hasta mirarte fijamente.

 

Porque hay un orden excelente en el mundo como el de los horarios de ferrocarriles

y la luz de Tu diamante inmenso en los que beben el vino de la dicha aparece

como un nimbo que rompe cualquier opaco cristal de la duda

pero no, no es posible mirar demasiado tiempo hacia arriba

porque aquí abajo, del mar oscuro de la tierra surge una niebla que oculta tu presencia

y los que lloran y beben el vino ruin y ácido de las tabernas te miran fijamente

porque pusiste demasiada piedad en sus ojos, demasiada misericordia en sus oídos

y gira la tierra, gira, inalterable a cualquier grito, a un sollozo cualquiera…

 

Juan Bernier

Aquí en la tierra (1948)

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Una muestra de “O Futuro”

octubre 23, 2017 § Deja un comentario

Presento dos poemas que me han gustado especialmente del magnífico y último libro de Abraham Gragera O Futuro. Ambos son de temática amorosa, alta poesía:

 

No sé quién soy, qué tengo

para darte,

pero si vienes a vivir conmigo

pondré mi mesa junto a la ventana

para verte llegar

cada tarde

 

porque me gusta verte

doblar la esquina,

cruzar la plaza,

de lejos, en silencio y preguntarme

cómo estuve contigo tanta muerte,

cómo pude volver y recordarte.

Abraham Gragera

O Futuro (Pre-Textos, 2017, p.53)

 

Nos hacemos mayores,

llegamos tarde a encuentros

fortuitos, reconocemos íntimos temores

en la cadencia de cualquier refrán.

 

El temor a vivir más que tú,

mientras huelo tu ropa,

y la doblo y la dejo

sobre la cama.

 

El temor a vivir menos que tú,

quedarme solo, en la mitad

no humana del amor, como tu ropa

esta mañana.

Abraham Gragera

O Futuro (Pre-Textos, 2017, p.77)

9788416906321

Un poema inédito hecho videopoema: “Despertar”

julio 9, 2017 § Deja un comentario

DESPERTAR

 

Desvanecido el sueño,

busca un cuerpo querido y esfumado,

abraza la almohada con la forma

del amor que se pierde

                                          _suspendido en el aire

y aun tímidos de luz, sin voluntad,

sus ojos parpadean y despiertan

en un día indistinto, tan dióptrico y borroso

que no admite correcta graduación,

y antes de que sus manos se desborden

de agua fría y corriente

                                           _no ve nada:

solo arrastra los restos de un naufragio

por veneros que surcan sueños, sombras,

su rostro ante el espejo, el mismo rostro

que lo mira difuso, como recién nacido,

 

tras arremolinarse en el desagüe

 

el tiempo más oscuro de toda su existencia.

 

Daniel García Florindo
Inédito

 

 

Orgullo 2017

junio 26, 2017 § Deja un comentario

Una magnífica exposición de ilustraciones y poemas me sorprende en la Avenida de la Constitución, organizada por el Ayuntamiento de Sevilla dentro del Mes de la Diversidad Sexual. Podrá verse hasta el 4 de julio. La selección de los poemas la han realizado Carmen Camacho y Braulio Ortiz Poole.

Piscina

junio 11, 2017 § Deja un comentario

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En la piscina con la pelota, por Juan Diego Oliva García.

PISCINA

 

No le temía al agua, sino a ti,

era tu miedo lo que yo temía,

y este lugar profundo

donde desaparecen las baldosas.

Me arrastraste hacia allí, recuerdo aún

la fuerza de tus brazos obligándome,

mientras trataba de abrazarme a ti.

Aprendí a nadar, pero más tarde,

y olvidé muchos años aquel día.

Ahora que ya nunca nadarás,

veo a mis pies el agua azul, inmóvil.

Comprendo que eras tú quien se abrazaba

a mí para cruzar aquellos días.

 

Joan Margarit

Estación de Francia (1999)

 

PISCINA

 

No tenia por del’agua, sinó de tu,

era la tevapor que em feia por,

i el lloc fondo on no es veien les rajoles.

M’hi vas arrossegar, recordó encara

la força dels teus braços obligant-me

mentre intentaba d’abraçar-e a tu.

Vaig aprendre a nedar, però més tard,

i molt de temps vaig oblidar aquell dia.

Ara que ja no nedaràs mai més,

veig l’aigua blava immòbil davant meu.

I comprenc que eres tu el qui t’abraçaves

a mi per intentar crear aquells dies.

 

Joan Margarit

Estació de França (1999)

 

 

 

Identidad privada y memoria colectiva

julio 31, 2016 § Deja un comentario

Aula poemática se complace en enlazar aquí el artículo “La importancia de llamarse Jaime: identidad privada y memoria colectiva en la poesía de Gil de Biedma”, de Luis Bagué Quílez, publicado recientemente en la revista CELEHIS: Revista del Centro de Letras Hispanoamericanas (Año 25. N.º 31 “Formas de la memoria”. Mar del Plata. Argentina, 2016: 35-50).

En este artículo se analiza la vinculación entre los desdoblamientos subjetivos de Jaime Gil de Biedma y la construcción de un discurso poético que participa de la voluntad confesional y del testimonio histórico. La creación de una autobiografía ficcionalizada le permite al autor convertir su experiencia cotidiana en unamemoria pública de la posguerra, a la vez crítica y compasiva. Asimismo, los juegos con la identidad generan un personaje escindido en el que tienen cabida diversas proyecciones especulares: un yo sublevado contra la clase social a la que pertenece, un yo disuelto en la colectividad gremial, un yo en conflicto consigo mismo, un yo póstumo, un yo moral e incluso un yo dramático, que evidencia la impostura de toda representación literaria. La vigencia de estos desdoblamientos queda patente al rastrear la impronta del escritor en la lírica española contemporánea. Para los poetas surgidos en la España democrática, Gil de Biedma es tanto una figura tutelar como un modelo estético que invita a actualizar su legado, a ironizar sobre sus temas recurrentes y a renovar sus dispositivos retóricos.

Hölderlin y la esencia de la poesía (VI): quinta sentencia

diciembre 18, 2015 § 1 comentario

Lo anterior es la antesala para encontrar, al fin, la esencia de la poesía. Con la sentencia final, «Lleno está de méritos el Hombre; mas no por ellos; por la Poesía ha hecho de esta Tierra su morada», se ratifica lo que ya se intuía, dice Heidegger: «La realidad de verdad (Dasein) del hombre es, en su fondo, poética». Con ello quiere decir que al ser la poesía el fundamento de lo permanente se hace, entonces, fundamento y soporte de la historia y del mundo que el hombre habita; esa es su esencia, ser creadora de la verdad del hombre. Pero todavía queda un punto por aclarar, la supuesta contradicción que se había encontrado al comienzo del texto, acerca de cómo podía ser la poesía la tarea más inocente y, al mismo tiempo, la más peligrosa. Heidegger explica, finalmente, que la peligrosidad de la poesía radica en que el exceso de claridad que tiene el poeta lo sumerge en las tinieblas y que la única forma de preservar, entonces, dicha tarea, es «eximir» al poeta de las responsabilidades de la cotidianidad por la apariencia inofensiva de su tarea.

Esta quinta palabra-guía la encontramos en el gran poema, poema inmenso que principia:

 En azul amable florece

el techo metálico del campanario

(VI, 24 s. ).

Aquí dice Hölderlin (v. 32 s.):

Pleno de méritos, pero es poéticamente

como el hombre habita esta tierra.

 Lo que el hombre hace y persigue lo adquiere y merece por su propio esfuerzo. «Sin embargo —dice Hölderlin en duro contraste—, todo esto no toca la esencia de su morada en esta tierra, todo esto no llega a la razón de ser de la existencia humana». Esta es «poética» en su fundamento. Pero nosotros entendemos ahora a la poesía como el nombrar que instaura los dioses y la esencia de las cosas. «Habitar poéticamente» significa estar en la presencia de los dioses y ser tocado por la esencia cercana de las cosas. Que la existencia es «poética» en su fundamento quiere decir, igualmente, que el estar instaurada (fundamentada) no es un mérito, sino una donación.

La poesía no es un adorno que acompaña la existencia humana, ni solo una pasajera exaltación ni un acaloramiento y diversión. La poesía es el fundamento que soporta la historia, y por ello no es tampoco una manifestación de la cultura, y menos aún la mera «expresión» del «alma de la cultura».

Que nuestra existencia sea en el fondo poética no puede, en fin, significar que sea propiamente solo un juego inofensivo. Pero ¿no llama Hölderlin mismo a la poesía, en la primera palabra-guía citada, «la más inocente de las ocupaciones»? ¿Cómo se compagina esto con la esencia de la poesía que ahora explicamos? Con esto retrocedemos a la pregunta que de pronto habíamos puesto a un lado. Y al contestar ésa pregunta tratemos a la vez de resumir ante la mirada interna la esencia de la poesía y del poeta.

El primer resultado fue que el reino de acción de la poesía es el lenguaje. Por lo tanto, la esencia de la poesía debe ser concebida por la esencia del lenguaje. Pero en segundo lugar se puso en claro que la poesía, el nombrar que instaura el ser y la esencia de las cosas, no es un decir caprichoso, sino aquel por el que se hace público todo cuanto después hablamos y tratamos en el lenguaje cotidiano. Por lo tanto, la poesía no toma el lenguaje como un material ya existente, sino que la poesía misma hace posible el lenguaje. La poesía es el lenguaje primitivo de un pueblo histórico. Al contrario, entonces es preciso entender la esencia del lenguaje por la esencia de la poesía.

El fundamento de la existencia humana es el diálogo como el propio acontecer del lenguaje. Pero el lenguaje primitivo es la poesía como instauración del ser. Sin embargo, el lenguaje es «el más peligroso de los bienes». Entonces la poesía es la obra más peligrosa y a la vez «la más inocente de las ocupaciones».

En efecto, cuando podamos concebir ambas determinaciones en un solo pensamiento, concebiremos la plena esencia de la poesía.

Pero entonces: ¿es la poesía la obra más peligrosa? En la carta a un amigo, antes de su partida para el último viaje a Francia, escribe

Hölderlin: «¡Oh amigo! El mundo está ante mí más claro que otra vez y más serio. Me gusta como va, me gusta, como cuando en verano el viejo padre sagrado, con mano tranquila, sacude la nube rojiza con relámpagos de bendición. Pues entre todo lo que puedo ver de Dios es esta señal la que se ha hecho predilecta. Antes saltaba de júbilo por una nueva verdad, una visión mejor de lo que está sobre nosotros y a nuestro alrededor; ahora temo que me suceda al final lo que al viejo Tántalo, que recibió de los dioses más de lo que podría digerir» (V, 321).

El poeta está expuesto a los relámpagos de Dios. De eso habla aquella poesía que nosotros reconocemos como la más pura poesía de la esencia de la poesía y que comienza:

 Como cuando en día de fiesta, para ver el campo,

sale el labrador, en la mañana. . .

(IV, 151 s.).

Y se dice en la última estrofa:

Es derecho de nosotros, los poetas,

estar en pie ante las tormentas de Dios,

con la cabeza desnuda.

para apresar con nuestras propias manos el rayo de

luz del Padre, a él mismo.

Y hacer llegar al pueblo envuelto en cantos

el don celeste.

Y un año más tarde, después de que Hölderlin tocado por la locura regresa a la casa de su madre, escribe al mismo amigo, recordando su estancia en Francia:

«El poderoso elemento, el fuego de los cielos, la tranquilidad de los hombres, su vida en la naturaleza, su limitación y contentamiento, me han impresionado siempre y, como se repite de los héroes, bien puedo decir que Apolo me ha herido» (V. 327) . La excesiva claridad lanza al poeta en las tinieblas. ¿Se necesita todavía otro testimonio del máximo peligro de su «ocupación»? Lo dice todo el propio destino del poeta. Suena como un presagio esta palabra en el Empédocles de Hölderlin:

Debe partir a tiempo,

aquel por el que habla el espíritu

(III, X54).

Y, sin embargo, la poesía es «la más inocente de las ocupaciones». Hölderlin escribe así en su carta no solo para no lastimar a su madre, sino porque sabe que este inofensivo aspecto externo pertenece a la esencia de la poesía de igual modo que el valle a la montaña. Pero ¿cómo se elaboraría y conservaría esta obra peligrosa, si el poeta no estuviera «proyectado fuera» de lo cotidiano, y protegido por la apariencia deinocuidad de su ocupación?

La poesía parece un juego y, sin embargo, no lo es. El juego reúne a los hombres, pero olvidándose cada uno de sí mismo. Al contrario, en la poesía los hombres se reúnen sobre la base de su existencia. Por ella llegan al reposo, no evidentemente al falso reposo de la inactividad y vacío del pensamiento, sino al reposo infinito en que están en actividad todas las energías y todas las relaciones (cf. la carta a su hermano, 14 de enero de 1799; 111, 368 s.).

La poesía despierta la apariencia de lo irreal y del ensueño, frente a la realidad palpable y ruidosa en la que nos creemos en casa. Y, sin embargo, es al contrario, pues lo que el poeta dice y toma por ser es la realidad. Así lo confiesa la Panthea de Empédocles en su clarividencia de amiga (III, 78).

…ser uno mismo.

Eso es la vida, y nosotros, los otros, somos ensueños

de aquella.

Así parece vacilar la esencia de la poesía en su apariencia exterior, pero, sin embargo, está firme. Es, pues, ella misma instauración en su esencia, es decir, fundamento firme.

Ciertamente toda instauración queda como una donación libre, y Hölderlin oye decir: «Sean libres los poetas como las golondrinas» (IV, 168). Pero esta libertad no es una arbitrariedad sin ataduras y deseo caprichoso, sino suprema necesidad.

La poesía como instauración del ser tiene una doble vinculación. En vista de esta ley íntima, aprehendemos por primera vez de un modo total su esencia.

Poetizar es el dar nombre original a los dioses. Pero a la palabra poética no le tocaría su fuerza nominativa, si los dioses mismos no nos dieran el habla. ¿Cómo hablan los dioses?

…Y los signos son, desde tiempos remotos, el lenguaje de

los dioses

(IV, 135).

El dicho de los poetas consiste en sorprender estos signos para luego transmitirlos a su pueblo. Este sorprender los signos es una recepción y, sin embargo, a la vez, una nueva donación; pues el poeta vislumbra en el «primer signo» ya también lo acabado y pone audazmente lo que ha visto en su palabra para predecir lo todavía no cumplido.

 … vuela el espíritu audaz

como el águila en la tormenta,

prediciendo sus dioses venideros

(IV, 135).

La instauración del ser está vinculada a los signos de los dioses. La palabra poética solo es igualmente la interpretación de la «voz del pueblo». Así llama Hölderlin a las leyendas en las que un pueblo hace memoria de su pertenencia a los entes en totalidad. Pero a menudo esta voz enmudece y se extenúa en sí misma. No es capaz de decir por sí lo que es propio, sino que necesita de los que la interpretan. El poema que lleva por título La voz del pueblo se nos ha trasmitido en dos versiones. Ante todo, las estrofas finales son diferentes, aun cuando se complementan. En la primera versión dice la conclusión

 Por eso, porque es piadosa y ama a los celestes,

venero la voz del pueblo, voz reposada.

Pero, por los Dioses y los Hombres,

que no sé complazca demasiado en su reposo

(IV, 141).

Y he aquí la segunda versión:

 . . . En verdad

son buenas las leyendas, si son en memoria

del Altísimo, sin embargo, es preciso

uno que interprete lo sagrado

(IV, 144).

Así, la esencia de la poesía está encajada en el esfuerzo convergente y divergente de la ley de los signos de los dioses y la voz del pueblo. El poeta mismo está entre aquéllos, los dioses, y éste, el pueblo. Es un «proyectado fuera», fuera en aquel entre, entre los dioses y los hombres. Pero solo en este entre y por primera vez se decide quién es el hombre y dónde se asienta su existencia, «Poéticamente el hombre habita esta tierra».

Ininterrumpidamente, y cada vez más seguro en medio de la plenitud desbordante de imágenes, Hölderlin ha consagrado su vocabulario poético, con la mayor sencillez, a este reino intermedio. Esto nos fuerza a decir que es el poeta de los poetas.

¿Pensaríamos ahora que Hölderlin se haya engolfado en un vacío y exagerado narcisismo por la falta de plenitud del mundo? o ¿reconoceremos que este poeta ha penetrado poéticamente el fondo y e1 corazón del ser con un excesivo impulso? Para Hölderlin mismo valen las palabras que dice Edipo, en aquel tardío poema, «En amable azul florece…»:

 Quizá el rey Edipo tiene un ojo de más

(VI, 2G).

Hölderlin poematiza la esencia de la poesía, pero no en el sentido de un concepto de valor intemporal. Esta esencia de la poesía pertenece a un tiempo determinado. Pero no conformándose a este tiempo como algo

ya existente. Cuando Hölderlin instaura de nuevo la esencia de la poesía, determina por primera vez un tiempo nuevo. Es el tiempo de los dioses que han huido y del dios que vendrá. Es el tiempo de indigencia porque está en una doble carencia y negación: en él ya no más de los dioses que han huido, y en él todavía no del que viene.

La esencia de la poesía que instaura Hölderlin es histórica en grado supremo, porque anticipa un tiempo histórico. Pero como esencia histórica es la única esencia esencial.

El tiempo es de indigencia y por eso muy rico su poeta, tan rico que, con frecuencia, al pensar el pasado y esperar lo venidero, se entumece y solo podría dormir en este aparente vacío. Pero se mantiene en pie, en la nada de esta noche. Cuando el poeta queda consigo mismo en la suprema soledad de su destino, entonces elabora la verdad como representante verdadero de su pueblo. Esto anuncia la séptima estrofa de la elegía Pan y vino (IV, 123). En ella se dice poéticamente lo que solo se ha podido pensar analíticamente.

Pero ¡amigo! venimos demasiado tarde.

En verdad viven los dioses

pero sobre nuestra cabeza, arriba en otro mundo

trabajan eternamente y parecen preocuparse poco

de si vivimos. Tanto se cuidan los celestes de no

herirnos.

Pues nunca pudiera contenerlos una débil vasija,

solo a veces soporta el hombre la plenitud divina.

La vida es un sueño de ellos.

Pero el error nos ayuda como un adormecimiento.

Y nos hace fuertes la necesidad y la noche.

Hasta que los héroes crecidos en cuna de bronce,

como en otros tiempos sus corazones son parecidos

en fuerza a los celestes.

Ellos vienen entre truenos.

Me parece a veces mejor dormir, que estar sin

compañero

Al esperar así, qué hacer o decir que no lo sé.

Y ¿para qué poetas en tiempos aciagos?

Pero, son dices tú, como los sacerdotes sagrados del

Dios del vino,

que erraban de tierra en tierra, en la noche sagrada.

Martin Heidegger

Arte y Poesía (traducción de Samuel Ramos)

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