Un poema inédito hecho videopoema: “Despertar”

julio 9, 2017 § Deja un comentario

DESPERTAR

 

Desvanecido el sueño,

busca un cuerpo querido y esfumado,

abraza la almohada con la forma

del amor que se pierde

                                          _suspendido en el aire

y aun tímidos de luz, sin voluntad,

sus ojos parpadean y despiertan

en un día indistinto, tan dióptrico y borroso

que no admite correcta graduación,

y antes de que sus manos se desborden

de agua fría y corriente

                                           _no ve nada:

solo arrastra los restos de un naufragio

por veneros que surcan sueños, sombras,

su rostro ante el espejo, el mismo rostro

que lo mira difuso, como recién nacido,

 

tras arremolinarse en el desagüe

 

el tiempo más oscuro de toda su existencia.

 

Daniel García Florindo
Inédito

 

 

Orgullo 2017

junio 26, 2017 § Deja un comentario

Una magnífica exposición de ilustraciones y poemas me sorprende en la Avenida de la Constitución, organizada por el Ayuntamiento de Sevilla dentro del Mes de la Diversidad Sexual. Podrá verse hasta el 4 de julio. La selección de los poemas la han realizado Carmen Camacho y Braulio Ortiz Poole.

Piscina

junio 11, 2017 § Deja un comentario

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En la piscina con la pelota, por Juan Diego Oliva García.

PISCINA

 

No le temía al agua, sino a ti,

era tu miedo lo que yo temía,

y este lugar profundo

donde desaparecen las baldosas.

Me arrastraste hacia allí, recuerdo aún

la fuerza de tus brazos obligándome,

mientras trataba de abrazarme a ti.

Aprendí a nadar, pero más tarde,

y olvidé muchos años aquel día.

Ahora que ya nunca nadarás,

veo a mis pies el agua azul, inmóvil.

Comprendo que eras tú quien se abrazaba

a mí para cruzar aquellos días.

 

Joan Margarit

Estación de Francia (1999)

 

PISCINA

 

No tenia por del’agua, sinó de tu,

era la tevapor que em feia por,

i el lloc fondo on no es veien les rajoles.

M’hi vas arrossegar, recordó encara

la força dels teus braços obligant-me

mentre intentaba d’abraçar-e a tu.

Vaig aprendre a nedar, però més tard,

i molt de temps vaig oblidar aquell dia.

Ara que ja no nedaràs mai més,

veig l’aigua blava immòbil davant meu.

I comprenc que eres tu el qui t’abraçaves

a mi per intentar crear aquells dies.

 

Joan Margarit

Estació de França (1999)

 

 

 

Identidad privada y memoria colectiva

julio 31, 2016 § Deja un comentario

Aula poemática se complace en enlazar aquí el artículo “La importancia de llamarse Jaime: identidad privada y memoria colectiva en la poesía de Gil de Biedma”, de Luis Bagué Quílez, publicado recientemente en la revista CELEHIS: Revista del Centro de Letras Hispanoamericanas (Año 25. N.º 31 “Formas de la memoria”. Mar del Plata. Argentina, 2016: 35-50).

En este artículo se analiza la vinculación entre los desdoblamientos subjetivos de Jaime Gil de Biedma y la construcción de un discurso poético que participa de la voluntad confesional y del testimonio histórico. La creación de una autobiografía ficcionalizada le permite al autor convertir su experiencia cotidiana en unamemoria pública de la posguerra, a la vez crítica y compasiva. Asimismo, los juegos con la identidad generan un personaje escindido en el que tienen cabida diversas proyecciones especulares: un yo sublevado contra la clase social a la que pertenece, un yo disuelto en la colectividad gremial, un yo en conflicto consigo mismo, un yo póstumo, un yo moral e incluso un yo dramático, que evidencia la impostura de toda representación literaria. La vigencia de estos desdoblamientos queda patente al rastrear la impronta del escritor en la lírica española contemporánea. Para los poetas surgidos en la España democrática, Gil de Biedma es tanto una figura tutelar como un modelo estético que invita a actualizar su legado, a ironizar sobre sus temas recurrentes y a renovar sus dispositivos retóricos.

Hölderlin y la esencia de la poesía (VI): quinta sentencia

diciembre 18, 2015 § 1 comentario

Lo anterior es la antesala para encontrar, al fin, la esencia de la poesía. Con la sentencia final, «Lleno está de méritos el Hombre; mas no por ellos; por la Poesía ha hecho de esta Tierra su morada», se ratifica lo que ya se intuía, dice Heidegger: «La realidad de verdad (Dasein) del hombre es, en su fondo, poética». Con ello quiere decir que al ser la poesía el fundamento de lo permanente se hace, entonces, fundamento y soporte de la historia y del mundo que el hombre habita; esa es su esencia, ser creadora de la verdad del hombre. Pero todavía queda un punto por aclarar, la supuesta contradicción que se había encontrado al comienzo del texto, acerca de cómo podía ser la poesía la tarea más inocente y, al mismo tiempo, la más peligrosa. Heidegger explica, finalmente, que la peligrosidad de la poesía radica en que el exceso de claridad que tiene el poeta lo sumerge en las tinieblas y que la única forma de preservar, entonces, dicha tarea, es «eximir» al poeta de las responsabilidades de la cotidianidad por la apariencia inofensiva de su tarea.

Esta quinta palabra-guía la encontramos en el gran poema, poema inmenso que principia:

 En azul amable florece

el techo metálico del campanario

(VI, 24 s. ).

Aquí dice Hölderlin (v. 32 s.):

Pleno de méritos, pero es poéticamente

como el hombre habita esta tierra.

 Lo que el hombre hace y persigue lo adquiere y merece por su propio esfuerzo. «Sin embargo —dice Hölderlin en duro contraste—, todo esto no toca la esencia de su morada en esta tierra, todo esto no llega a la razón de ser de la existencia humana». Esta es «poética» en su fundamento. Pero nosotros entendemos ahora a la poesía como el nombrar que instaura los dioses y la esencia de las cosas. «Habitar poéticamente» significa estar en la presencia de los dioses y ser tocado por la esencia cercana de las cosas. Que la existencia es «poética» en su fundamento quiere decir, igualmente, que el estar instaurada (fundamentada) no es un mérito, sino una donación.

La poesía no es un adorno que acompaña la existencia humana, ni solo una pasajera exaltación ni un acaloramiento y diversión. La poesía es el fundamento que soporta la historia, y por ello no es tampoco una manifestación de la cultura, y menos aún la mera «expresión» del «alma de la cultura».

Que nuestra existencia sea en el fondo poética no puede, en fin, significar que sea propiamente solo un juego inofensivo. Pero ¿no llama Hölderlin mismo a la poesía, en la primera palabra-guía citada, «la más inocente de las ocupaciones»? ¿Cómo se compagina esto con la esencia de la poesía que ahora explicamos? Con esto retrocedemos a la pregunta que de pronto habíamos puesto a un lado. Y al contestar ésa pregunta tratemos a la vez de resumir ante la mirada interna la esencia de la poesía y del poeta.

El primer resultado fue que el reino de acción de la poesía es el lenguaje. Por lo tanto, la esencia de la poesía debe ser concebida por la esencia del lenguaje. Pero en segundo lugar se puso en claro que la poesía, el nombrar que instaura el ser y la esencia de las cosas, no es un decir caprichoso, sino aquel por el que se hace público todo cuanto después hablamos y tratamos en el lenguaje cotidiano. Por lo tanto, la poesía no toma el lenguaje como un material ya existente, sino que la poesía misma hace posible el lenguaje. La poesía es el lenguaje primitivo de un pueblo histórico. Al contrario, entonces es preciso entender la esencia del lenguaje por la esencia de la poesía.

El fundamento de la existencia humana es el diálogo como el propio acontecer del lenguaje. Pero el lenguaje primitivo es la poesía como instauración del ser. Sin embargo, el lenguaje es «el más peligroso de los bienes». Entonces la poesía es la obra más peligrosa y a la vez «la más inocente de las ocupaciones».

En efecto, cuando podamos concebir ambas determinaciones en un solo pensamiento, concebiremos la plena esencia de la poesía.

Pero entonces: ¿es la poesía la obra más peligrosa? En la carta a un amigo, antes de su partida para el último viaje a Francia, escribe

Hölderlin: «¡Oh amigo! El mundo está ante mí más claro que otra vez y más serio. Me gusta como va, me gusta, como cuando en verano el viejo padre sagrado, con mano tranquila, sacude la nube rojiza con relámpagos de bendición. Pues entre todo lo que puedo ver de Dios es esta señal la que se ha hecho predilecta. Antes saltaba de júbilo por una nueva verdad, una visión mejor de lo que está sobre nosotros y a nuestro alrededor; ahora temo que me suceda al final lo que al viejo Tántalo, que recibió de los dioses más de lo que podría digerir» (V, 321).

El poeta está expuesto a los relámpagos de Dios. De eso habla aquella poesía que nosotros reconocemos como la más pura poesía de la esencia de la poesía y que comienza:

 Como cuando en día de fiesta, para ver el campo,

sale el labrador, en la mañana. . .

(IV, 151 s.).

Y se dice en la última estrofa:

Es derecho de nosotros, los poetas,

estar en pie ante las tormentas de Dios,

con la cabeza desnuda.

para apresar con nuestras propias manos el rayo de

luz del Padre, a él mismo.

Y hacer llegar al pueblo envuelto en cantos

el don celeste.

Y un año más tarde, después de que Hölderlin tocado por la locura regresa a la casa de su madre, escribe al mismo amigo, recordando su estancia en Francia:

«El poderoso elemento, el fuego de los cielos, la tranquilidad de los hombres, su vida en la naturaleza, su limitación y contentamiento, me han impresionado siempre y, como se repite de los héroes, bien puedo decir que Apolo me ha herido» (V. 327) . La excesiva claridad lanza al poeta en las tinieblas. ¿Se necesita todavía otro testimonio del máximo peligro de su «ocupación»? Lo dice todo el propio destino del poeta. Suena como un presagio esta palabra en el Empédocles de Hölderlin:

Debe partir a tiempo,

aquel por el que habla el espíritu

(III, X54).

Y, sin embargo, la poesía es «la más inocente de las ocupaciones». Hölderlin escribe así en su carta no solo para no lastimar a su madre, sino porque sabe que este inofensivo aspecto externo pertenece a la esencia de la poesía de igual modo que el valle a la montaña. Pero ¿cómo se elaboraría y conservaría esta obra peligrosa, si el poeta no estuviera «proyectado fuera» de lo cotidiano, y protegido por la apariencia deinocuidad de su ocupación?

La poesía parece un juego y, sin embargo, no lo es. El juego reúne a los hombres, pero olvidándose cada uno de sí mismo. Al contrario, en la poesía los hombres se reúnen sobre la base de su existencia. Por ella llegan al reposo, no evidentemente al falso reposo de la inactividad y vacío del pensamiento, sino al reposo infinito en que están en actividad todas las energías y todas las relaciones (cf. la carta a su hermano, 14 de enero de 1799; 111, 368 s.).

La poesía despierta la apariencia de lo irreal y del ensueño, frente a la realidad palpable y ruidosa en la que nos creemos en casa. Y, sin embargo, es al contrario, pues lo que el poeta dice y toma por ser es la realidad. Así lo confiesa la Panthea de Empédocles en su clarividencia de amiga (III, 78).

…ser uno mismo.

Eso es la vida, y nosotros, los otros, somos ensueños

de aquella.

Así parece vacilar la esencia de la poesía en su apariencia exterior, pero, sin embargo, está firme. Es, pues, ella misma instauración en su esencia, es decir, fundamento firme.

Ciertamente toda instauración queda como una donación libre, y Hölderlin oye decir: «Sean libres los poetas como las golondrinas» (IV, 168). Pero esta libertad no es una arbitrariedad sin ataduras y deseo caprichoso, sino suprema necesidad.

La poesía como instauración del ser tiene una doble vinculación. En vista de esta ley íntima, aprehendemos por primera vez de un modo total su esencia.

Poetizar es el dar nombre original a los dioses. Pero a la palabra poética no le tocaría su fuerza nominativa, si los dioses mismos no nos dieran el habla. ¿Cómo hablan los dioses?

…Y los signos son, desde tiempos remotos, el lenguaje de

los dioses

(IV, 135).

El dicho de los poetas consiste en sorprender estos signos para luego transmitirlos a su pueblo. Este sorprender los signos es una recepción y, sin embargo, a la vez, una nueva donación; pues el poeta vislumbra en el «primer signo» ya también lo acabado y pone audazmente lo que ha visto en su palabra para predecir lo todavía no cumplido.

 … vuela el espíritu audaz

como el águila en la tormenta,

prediciendo sus dioses venideros

(IV, 135).

La instauración del ser está vinculada a los signos de los dioses. La palabra poética solo es igualmente la interpretación de la «voz del pueblo». Así llama Hölderlin a las leyendas en las que un pueblo hace memoria de su pertenencia a los entes en totalidad. Pero a menudo esta voz enmudece y se extenúa en sí misma. No es capaz de decir por sí lo que es propio, sino que necesita de los que la interpretan. El poema que lleva por título La voz del pueblo se nos ha trasmitido en dos versiones. Ante todo, las estrofas finales son diferentes, aun cuando se complementan. En la primera versión dice la conclusión

 Por eso, porque es piadosa y ama a los celestes,

venero la voz del pueblo, voz reposada.

Pero, por los Dioses y los Hombres,

que no sé complazca demasiado en su reposo

(IV, 141).

Y he aquí la segunda versión:

 . . . En verdad

son buenas las leyendas, si son en memoria

del Altísimo, sin embargo, es preciso

uno que interprete lo sagrado

(IV, 144).

Así, la esencia de la poesía está encajada en el esfuerzo convergente y divergente de la ley de los signos de los dioses y la voz del pueblo. El poeta mismo está entre aquéllos, los dioses, y éste, el pueblo. Es un «proyectado fuera», fuera en aquel entre, entre los dioses y los hombres. Pero solo en este entre y por primera vez se decide quién es el hombre y dónde se asienta su existencia, «Poéticamente el hombre habita esta tierra».

Ininterrumpidamente, y cada vez más seguro en medio de la plenitud desbordante de imágenes, Hölderlin ha consagrado su vocabulario poético, con la mayor sencillez, a este reino intermedio. Esto nos fuerza a decir que es el poeta de los poetas.

¿Pensaríamos ahora que Hölderlin se haya engolfado en un vacío y exagerado narcisismo por la falta de plenitud del mundo? o ¿reconoceremos que este poeta ha penetrado poéticamente el fondo y e1 corazón del ser con un excesivo impulso? Para Hölderlin mismo valen las palabras que dice Edipo, en aquel tardío poema, «En amable azul florece…»:

 Quizá el rey Edipo tiene un ojo de más

(VI, 2G).

Hölderlin poematiza la esencia de la poesía, pero no en el sentido de un concepto de valor intemporal. Esta esencia de la poesía pertenece a un tiempo determinado. Pero no conformándose a este tiempo como algo

ya existente. Cuando Hölderlin instaura de nuevo la esencia de la poesía, determina por primera vez un tiempo nuevo. Es el tiempo de los dioses que han huido y del dios que vendrá. Es el tiempo de indigencia porque está en una doble carencia y negación: en él ya no más de los dioses que han huido, y en él todavía no del que viene.

La esencia de la poesía que instaura Hölderlin es histórica en grado supremo, porque anticipa un tiempo histórico. Pero como esencia histórica es la única esencia esencial.

El tiempo es de indigencia y por eso muy rico su poeta, tan rico que, con frecuencia, al pensar el pasado y esperar lo venidero, se entumece y solo podría dormir en este aparente vacío. Pero se mantiene en pie, en la nada de esta noche. Cuando el poeta queda consigo mismo en la suprema soledad de su destino, entonces elabora la verdad como representante verdadero de su pueblo. Esto anuncia la séptima estrofa de la elegía Pan y vino (IV, 123). En ella se dice poéticamente lo que solo se ha podido pensar analíticamente.

Pero ¡amigo! venimos demasiado tarde.

En verdad viven los dioses

pero sobre nuestra cabeza, arriba en otro mundo

trabajan eternamente y parecen preocuparse poco

de si vivimos. Tanto se cuidan los celestes de no

herirnos.

Pues nunca pudiera contenerlos una débil vasija,

solo a veces soporta el hombre la plenitud divina.

La vida es un sueño de ellos.

Pero el error nos ayuda como un adormecimiento.

Y nos hace fuertes la necesidad y la noche.

Hasta que los héroes crecidos en cuna de bronce,

como en otros tiempos sus corazones son parecidos

en fuerza a los celestes.

Ellos vienen entre truenos.

Me parece a veces mejor dormir, que estar sin

compañero

Al esperar así, qué hacer o decir que no lo sé.

Y ¿para qué poetas en tiempos aciagos?

Pero, son dices tú, como los sacerdotes sagrados del

Dios del vino,

que erraban de tierra en tierra, en la noche sagrada.

Martin Heidegger

Arte y Poesía (traducción de Samuel Ramos)

Hölderlin y la esencia de la poesía (V): cuarta sentencia

diciembre 18, 2015 § 1 comentario

Pero ¿quién es el que realiza esa tarea de detener el tiempo y dar inicio a la historia? La respuesta es explícita en la sentencia de Hölderlin «Los poetas echan los fundamentos de lo permanente». Con dicha sentencia se vuelve de nuevo a la cuestión inicial sobre la esencia de la poesía. La poesía, dice Heidegger, es fundación del ser por la palabra de nuestra boca; esto es, el poeta es el encargado de dotar al ente de ser y esencia a través del nombramiento inicial, del vocablo esencial, llamándolo para lo que es y reconociéndolo como ente, sacándolo de la arrebatada corriente del devenir e instalándolo en la realidad histórica del hombre.

Esta palabra forma la conclusión de la poesía En memoria (Andenken) y dice: «Mas lo permanente lo instauran los poetas» (IV, 63 ). Esta palabra proyecta una luz sobre nuestra pregunta acerca del origen de la poesía. La poesía es instauración por la palabra y en la palabra. Qué es lo que se instaura? Lo permanente. Pero ¿puede ser instaurado lo permanente? ¿No es ya lo siempre existente? ¡No! Precisamente lo que permanece debe ser detenido contra la corriente, lo sencillo debe arrancarse de lo complicado, la medida debe anteponerse a lo desmedido. Debe ser hecho patente lo que soporta y rige al ente en totalidad. El ser debe ponerse al descubierto para que aparezca el ente. Pero aun lo permanente es fugaz. «Es raudamente pasajero todo lo celestial, pero no en vano» ( IV, 163 s.). Pero que eso permanezca, eso está «confiado al cuidado y servicio de los poetas» ( IV, 145 ). El poeta nombra a los dioses y a todas las cosas en lo que son. Este nombrar no consiste en que solo se prevé de un nombre a lo que ya es de antemano conocido, sino que el poeta, al decir la palabra esencial, nombra con esta denominación, por primera vez, al ente por lo que es y así es conocido como ente. La poesía es la instauración del ser con la palabra. Lo permanente nunca es creado por lo pasajero; lo sencillo no permite que se le extraiga inmediatamente de lo complicado; la medida no radica en lo desmesurado. La razón de ser no la encontramos en el abismo. El ser nunca es un ente. Pero puesto que el ser y la esencia de las cosas pueden ser calculados ni derivados de lo existente, deben ser libremente creados, puestos y donados. Esta libre donación es instauración.

Pero al ser nombrados los dioses originalmente y llegar a la palabra la esencia de las cosas, para que por primera vez brillen, al acontecer esto, la existencia del hombre adquiere una relación firme y se establece en una razón de ser. Lo que dicen los poetas es instauración, no solo en sentido de donación libre, sino a la vez en sentido de firme fundamentación de la existencia humana en su razón de ser. Si comprendemos esa esencia de la poesía como instauración del ser con la palabra, entonces podemos presentir algo de la verdad de las palabras que pronunció Hölderlin, cuando hacía mucho tiempo la noche de la locura lo había arrebatado bajo su protección.

(el texto continúa en el siguiente post o aquí)

Martin Heidegger

Arte y Poesía (traducción de Samuel Ramos)

Hölderlin y la esencia de la poesía (IV): tercera sentencia

diciembre 18, 2015 § 1 comentario

Ahora bien, dado lo anterior, Heidegger continúa preguntándose ¿cómo viene al ser la palabra? Y pretende sustentar la respuesta a partir del siguiente fragmento:

Muchas cosas ha experimentado el Hombre;

A muchas celestiales ha dado ya nombre

Desde que somos Palabra-en-diálogo

Y podemos los unos oír a los otros.

La palabra viene al ser, entonces, en forma de diálogo; el hombre es hombre en el diálogo, esto es, en el decir y el oír, que son equioriginarios. Pero no siempre el hombre ha sido diálogo, el diálogo solo puede darse a partir de la permanencia del referente de las palabras, esto es, a partir de que el hombre logra detener el tiempo y fundar los conceptos de pasado, presente y futuro, solo en ese momento la palabra logra referirse a algo que es permanente y dar paso a la historia. Es, entonces, cuando el hombre se hace histórico que nace el diálogo y que el mundo se hace palabra. Cuando la palabra logra referirse a algo consistente y permanente, es decir, cuando nace el lenguaje como tal, nace también el mundo.

Tropezamos con esta palabra en un proyecto grande y desarrollado para el poema incompleto que comienza: «Reconciliador en que tú nunca has creído…» (IV, 162 y 339 s.)

El hombre ha experimentado mucho
Nombrado a muchos celestes,
desde que somos un diálogo
y podemos oír unos de otro 

(IV, 343),

Hagamos resaltar luego, en estos versos, lo de inmediato referido en el contexto hasta aquí discutido: «Desde que somos un diálogo»… Nosotros los hombres somos un diálogo. El ser del hombre se funda en el habla; pero esta acontece primero en el diálogo. Sin embargo, esto no es solo una manera como se realiza el habla, sino que el habla solo es esencial como diálogo. Lo que de otro modo entendemos por «habla», a saber, un repertorio de palabras y de reglas de sintaxis, es solo el primer plano del habla. Pero ¿qué se llama ahora un «diálogo»? Evidentemente el hablar unos con otros de algo. Así entonces el habla es el medio para llegar uno al otro. Solo que Hölderlin dice: «Desde que somos un diálogo y podemos oír unos de otros». El poder oír no es una consecuencia del hablar mutuamente, sino antes al contrario el supuesto de ello. Solo que también el poder oír, en si, está arreglado sobre la posibilidad de la palabra y necesita de ésta. Poder hablar y poder oír son igualmente originarios. Somos un diálogo quiere decir que podemos oírnos mutuamente. Somos un diálogo significa siempre igualmente que somos un diálogo. Pero la unidad de este diálogo consiste en que cada vez está manifiesto en la palabra esencial el uno y el mismo por el que nos reunimos, en razón de lo cual somos uno y propiamente nosotros mismos. El diálogo y su unidad es portador de nuestra existencia (Dasein).

Pero Hölderlin no nos dice simplemente que somos un diálogo, sino: «Desde que somos un diálogo…»

Cuando la capacidad de hablar del hombre está presente y se ejercita, no está ahí sin más el acontecimiento esencial del habla: el diálogo. ¿Desde cuándo somos un diálogo? Donde debe haber un diálogo es preciso que la palabra esencial quede relacionada con el uno y el mismo. Sin esta relación es también justamente imposible disputar. Pero el uno y el mismo solo pueden ser patentes a la luz de algo permanente y constante. Sin embargo, la constancia y la permanencia solo aparecen cuando lucen la persistencia y la actualidad. Pero esto sucede en el momento en que se abre el tiempo en su extensión. Hasta que el hombre se sitúa en la actualidad de una permanencia, puede por primera vez exponerse a lo mudable, a lo que viene y a lo que va; porque solo lo persistente es mudable. Hasta que por primera vez «el tiempo que se desgarra» irrumpe en presente, pasado y futuro, hay la posibilidad de unificarse en algo permanente. Somos un diálogo desde el tiempo en que «el tiempo es». Desde que el tiempo surgió y se hizo estable, somos históricos. Ser un diálogo y ser histórico son ambos igualmente antiguos, se pertenecen uno al otro y son lo mismo.

Desde que somos un diálogo, el hombre ha experimentado mucho, y nombrado muchos dioses. Hasta que el habla aconteció propiamente como diálogo, vinieron los dioses a la palabra y apareció un mundo. Pero, una vez más, importa ver que la actualidad de los dioses y la aparición del mundo no son una consecuencia del acontecimiento del habla, sino que son contemporáneos. Y tanto más cuanto que el diálogo, que somos nosotros mismos, consiste en el nombrar los dioses y llegar a ser el mundo en la palabra.

Pero los dioses solo pueden venir a la palabra cuando ellos mismos nos invocan, y estamos bajo su invocación. La palabra que nombra a los dioses es siempre una respuesta a tal invocación. Esta respuesta brota, cada vez, de la responsabilidad de un destino. Cuando los dioses traen al habla nuestra existencia, entramos al dominio donde se decide si nos prometemos a los dioses o nos negamos a ellos.

Con esto podemos estimar plenamente lo que significa: «Desde que somos un diálogo…» Desde que los dioses nos llevan al diálogo, desde que el tiempo es tiempo, el fundamento de nuestra existencia es un diálogo. La proposición de que el habla es el acontecimiento más alto de la existencia humana ha obtenido así su explicación y fundamentación.

Pero inmediatamente surge la cuestión: ¿cómo empieza este diálogo que nosotros somos? ¿Quién realiza aquel nombrar de los dioses? ¿Quién capta en el tiempo que se desgarra algo permanente y lo detiene en una palabra? Hölderlin nos lo dice con la segura ingenuidad del poeta. Oigamos una cuarta palabra.

(el texto continúa en el siguiente post o aquí)

Martin Heidegger

Arte y Poesía (traducción de Samuel Ramos)

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