Hölderlin y la esencia de la poesía (VI): quinta sentencia

diciembre 18, 2015 § 1 comentario

Lo anterior es la antesala para encontrar, al fin, la esencia de la poesía. Con la sentencia final, «Lleno está de méritos el Hombre; mas no por ellos; por la Poesía ha hecho de esta Tierra su morada», se ratifica lo que ya se intuía, dice Heidegger: «La realidad de verdad (Dasein) del hombre es, en su fondo, poética». Con ello quiere decir que al ser la poesía el fundamento de lo permanente se hace, entonces, fundamento y soporte de la historia y del mundo que el hombre habita; esa es su esencia, ser creadora de la verdad del hombre. Pero todavía queda un punto por aclarar, la supuesta contradicción que se había encontrado al comienzo del texto, acerca de cómo podía ser la poesía la tarea más inocente y, al mismo tiempo, la más peligrosa. Heidegger explica, finalmente, que la peligrosidad de la poesía radica en que el exceso de claridad que tiene el poeta lo sumerge en las tinieblas y que la única forma de preservar, entonces, dicha tarea, es «eximir» al poeta de las responsabilidades de la cotidianidad por la apariencia inofensiva de su tarea.

Esta quinta palabra-guía la encontramos en el gran poema, poema inmenso que principia:

 En azul amable florece

el techo metálico del campanario

(VI, 24 s. ).

Aquí dice Hölderlin (v. 32 s.):

Pleno de méritos, pero es poéticamente

como el hombre habita esta tierra.

 Lo que el hombre hace y persigue lo adquiere y merece por su propio esfuerzo. «Sin embargo —dice Hölderlin en duro contraste—, todo esto no toca la esencia de su morada en esta tierra, todo esto no llega a la razón de ser de la existencia humana». Esta es «poética» en su fundamento. Pero nosotros entendemos ahora a la poesía como el nombrar que instaura los dioses y la esencia de las cosas. «Habitar poéticamente» significa estar en la presencia de los dioses y ser tocado por la esencia cercana de las cosas. Que la existencia es «poética» en su fundamento quiere decir, igualmente, que el estar instaurada (fundamentada) no es un mérito, sino una donación.

La poesía no es un adorno que acompaña la existencia humana, ni solo una pasajera exaltación ni un acaloramiento y diversión. La poesía es el fundamento que soporta la historia, y por ello no es tampoco una manifestación de la cultura, y menos aún la mera «expresión» del «alma de la cultura».

Que nuestra existencia sea en el fondo poética no puede, en fin, significar que sea propiamente solo un juego inofensivo. Pero ¿no llama Hölderlin mismo a la poesía, en la primera palabra-guía citada, «la más inocente de las ocupaciones»? ¿Cómo se compagina esto con la esencia de la poesía que ahora explicamos? Con esto retrocedemos a la pregunta que de pronto habíamos puesto a un lado. Y al contestar ésa pregunta tratemos a la vez de resumir ante la mirada interna la esencia de la poesía y del poeta.

El primer resultado fue que el reino de acción de la poesía es el lenguaje. Por lo tanto, la esencia de la poesía debe ser concebida por la esencia del lenguaje. Pero en segundo lugar se puso en claro que la poesía, el nombrar que instaura el ser y la esencia de las cosas, no es un decir caprichoso, sino aquel por el que se hace público todo cuanto después hablamos y tratamos en el lenguaje cotidiano. Por lo tanto, la poesía no toma el lenguaje como un material ya existente, sino que la poesía misma hace posible el lenguaje. La poesía es el lenguaje primitivo de un pueblo histórico. Al contrario, entonces es preciso entender la esencia del lenguaje por la esencia de la poesía.

El fundamento de la existencia humana es el diálogo como el propio acontecer del lenguaje. Pero el lenguaje primitivo es la poesía como instauración del ser. Sin embargo, el lenguaje es «el más peligroso de los bienes». Entonces la poesía es la obra más peligrosa y a la vez «la más inocente de las ocupaciones».

En efecto, cuando podamos concebir ambas determinaciones en un solo pensamiento, concebiremos la plena esencia de la poesía.

Pero entonces: ¿es la poesía la obra más peligrosa? En la carta a un amigo, antes de su partida para el último viaje a Francia, escribe

Hölderlin: «¡Oh amigo! El mundo está ante mí más claro que otra vez y más serio. Me gusta como va, me gusta, como cuando en verano el viejo padre sagrado, con mano tranquila, sacude la nube rojiza con relámpagos de bendición. Pues entre todo lo que puedo ver de Dios es esta señal la que se ha hecho predilecta. Antes saltaba de júbilo por una nueva verdad, una visión mejor de lo que está sobre nosotros y a nuestro alrededor; ahora temo que me suceda al final lo que al viejo Tántalo, que recibió de los dioses más de lo que podría digerir» (V, 321).

El poeta está expuesto a los relámpagos de Dios. De eso habla aquella poesía que nosotros reconocemos como la más pura poesía de la esencia de la poesía y que comienza:

 Como cuando en día de fiesta, para ver el campo,

sale el labrador, en la mañana. . .

(IV, 151 s.).

Y se dice en la última estrofa:

Es derecho de nosotros, los poetas,

estar en pie ante las tormentas de Dios,

con la cabeza desnuda.

para apresar con nuestras propias manos el rayo de

luz del Padre, a él mismo.

Y hacer llegar al pueblo envuelto en cantos

el don celeste.

Y un año más tarde, después de que Hölderlin tocado por la locura regresa a la casa de su madre, escribe al mismo amigo, recordando su estancia en Francia:

«El poderoso elemento, el fuego de los cielos, la tranquilidad de los hombres, su vida en la naturaleza, su limitación y contentamiento, me han impresionado siempre y, como se repite de los héroes, bien puedo decir que Apolo me ha herido» (V. 327) . La excesiva claridad lanza al poeta en las tinieblas. ¿Se necesita todavía otro testimonio del máximo peligro de su «ocupación»? Lo dice todo el propio destino del poeta. Suena como un presagio esta palabra en el Empédocles de Hölderlin:

Debe partir a tiempo,

aquel por el que habla el espíritu

(III, X54).

Y, sin embargo, la poesía es «la más inocente de las ocupaciones». Hölderlin escribe así en su carta no solo para no lastimar a su madre, sino porque sabe que este inofensivo aspecto externo pertenece a la esencia de la poesía de igual modo que el valle a la montaña. Pero ¿cómo se elaboraría y conservaría esta obra peligrosa, si el poeta no estuviera «proyectado fuera» de lo cotidiano, y protegido por la apariencia deinocuidad de su ocupación?

La poesía parece un juego y, sin embargo, no lo es. El juego reúne a los hombres, pero olvidándose cada uno de sí mismo. Al contrario, en la poesía los hombres se reúnen sobre la base de su existencia. Por ella llegan al reposo, no evidentemente al falso reposo de la inactividad y vacío del pensamiento, sino al reposo infinito en que están en actividad todas las energías y todas las relaciones (cf. la carta a su hermano, 14 de enero de 1799; 111, 368 s.).

La poesía despierta la apariencia de lo irreal y del ensueño, frente a la realidad palpable y ruidosa en la que nos creemos en casa. Y, sin embargo, es al contrario, pues lo que el poeta dice y toma por ser es la realidad. Así lo confiesa la Panthea de Empédocles en su clarividencia de amiga (III, 78).

…ser uno mismo.

Eso es la vida, y nosotros, los otros, somos ensueños

de aquella.

Así parece vacilar la esencia de la poesía en su apariencia exterior, pero, sin embargo, está firme. Es, pues, ella misma instauración en su esencia, es decir, fundamento firme.

Ciertamente toda instauración queda como una donación libre, y Hölderlin oye decir: «Sean libres los poetas como las golondrinas» (IV, 168). Pero esta libertad no es una arbitrariedad sin ataduras y deseo caprichoso, sino suprema necesidad.

La poesía como instauración del ser tiene una doble vinculación. En vista de esta ley íntima, aprehendemos por primera vez de un modo total su esencia.

Poetizar es el dar nombre original a los dioses. Pero a la palabra poética no le tocaría su fuerza nominativa, si los dioses mismos no nos dieran el habla. ¿Cómo hablan los dioses?

…Y los signos son, desde tiempos remotos, el lenguaje de

los dioses

(IV, 135).

El dicho de los poetas consiste en sorprender estos signos para luego transmitirlos a su pueblo. Este sorprender los signos es una recepción y, sin embargo, a la vez, una nueva donación; pues el poeta vislumbra en el «primer signo» ya también lo acabado y pone audazmente lo que ha visto en su palabra para predecir lo todavía no cumplido.

 … vuela el espíritu audaz

como el águila en la tormenta,

prediciendo sus dioses venideros

(IV, 135).

La instauración del ser está vinculada a los signos de los dioses. La palabra poética solo es igualmente la interpretación de la «voz del pueblo». Así llama Hölderlin a las leyendas en las que un pueblo hace memoria de su pertenencia a los entes en totalidad. Pero a menudo esta voz enmudece y se extenúa en sí misma. No es capaz de decir por sí lo que es propio, sino que necesita de los que la interpretan. El poema que lleva por título La voz del pueblo se nos ha trasmitido en dos versiones. Ante todo, las estrofas finales son diferentes, aun cuando se complementan. En la primera versión dice la conclusión

 Por eso, porque es piadosa y ama a los celestes,

venero la voz del pueblo, voz reposada.

Pero, por los Dioses y los Hombres,

que no sé complazca demasiado en su reposo

(IV, 141).

Y he aquí la segunda versión:

 . . . En verdad

son buenas las leyendas, si son en memoria

del Altísimo, sin embargo, es preciso

uno que interprete lo sagrado

(IV, 144).

Así, la esencia de la poesía está encajada en el esfuerzo convergente y divergente de la ley de los signos de los dioses y la voz del pueblo. El poeta mismo está entre aquéllos, los dioses, y éste, el pueblo. Es un «proyectado fuera», fuera en aquel entre, entre los dioses y los hombres. Pero solo en este entre y por primera vez se decide quién es el hombre y dónde se asienta su existencia, «Poéticamente el hombre habita esta tierra».

Ininterrumpidamente, y cada vez más seguro en medio de la plenitud desbordante de imágenes, Hölderlin ha consagrado su vocabulario poético, con la mayor sencillez, a este reino intermedio. Esto nos fuerza a decir que es el poeta de los poetas.

¿Pensaríamos ahora que Hölderlin se haya engolfado en un vacío y exagerado narcisismo por la falta de plenitud del mundo? o ¿reconoceremos que este poeta ha penetrado poéticamente el fondo y e1 corazón del ser con un excesivo impulso? Para Hölderlin mismo valen las palabras que dice Edipo, en aquel tardío poema, «En amable azul florece…»:

 Quizá el rey Edipo tiene un ojo de más

(VI, 2G).

Hölderlin poematiza la esencia de la poesía, pero no en el sentido de un concepto de valor intemporal. Esta esencia de la poesía pertenece a un tiempo determinado. Pero no conformándose a este tiempo como algo

ya existente. Cuando Hölderlin instaura de nuevo la esencia de la poesía, determina por primera vez un tiempo nuevo. Es el tiempo de los dioses que han huido y del dios que vendrá. Es el tiempo de indigencia porque está en una doble carencia y negación: en él ya no más de los dioses que han huido, y en él todavía no del que viene.

La esencia de la poesía que instaura Hölderlin es histórica en grado supremo, porque anticipa un tiempo histórico. Pero como esencia histórica es la única esencia esencial.

El tiempo es de indigencia y por eso muy rico su poeta, tan rico que, con frecuencia, al pensar el pasado y esperar lo venidero, se entumece y solo podría dormir en este aparente vacío. Pero se mantiene en pie, en la nada de esta noche. Cuando el poeta queda consigo mismo en la suprema soledad de su destino, entonces elabora la verdad como representante verdadero de su pueblo. Esto anuncia la séptima estrofa de la elegía Pan y vino (IV, 123). En ella se dice poéticamente lo que solo se ha podido pensar analíticamente.

Pero ¡amigo! venimos demasiado tarde.

En verdad viven los dioses

pero sobre nuestra cabeza, arriba en otro mundo

trabajan eternamente y parecen preocuparse poco

de si vivimos. Tanto se cuidan los celestes de no

herirnos.

Pues nunca pudiera contenerlos una débil vasija,

solo a veces soporta el hombre la plenitud divina.

La vida es un sueño de ellos.

Pero el error nos ayuda como un adormecimiento.

Y nos hace fuertes la necesidad y la noche.

Hasta que los héroes crecidos en cuna de bronce,

como en otros tiempos sus corazones son parecidos

en fuerza a los celestes.

Ellos vienen entre truenos.

Me parece a veces mejor dormir, que estar sin

compañero

Al esperar así, qué hacer o decir que no lo sé.

Y ¿para qué poetas en tiempos aciagos?

Pero, son dices tú, como los sacerdotes sagrados del

Dios del vino,

que erraban de tierra en tierra, en la noche sagrada.

Martin Heidegger

Arte y Poesía (traducción de Samuel Ramos)

§ Una respuesta a Hölderlin y la esencia de la poesía (VI): quinta sentencia

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