Hölderlin y la esencia de la poesía (IV): tercera sentencia

diciembre 18, 2015 § 1 comentario

Ahora bien, dado lo anterior, Heidegger continúa preguntándose ¿cómo viene al ser la palabra? Y pretende sustentar la respuesta a partir del siguiente fragmento:

Muchas cosas ha experimentado el Hombre;

A muchas celestiales ha dado ya nombre

Desde que somos Palabra-en-diálogo

Y podemos los unos oír a los otros.

La palabra viene al ser, entonces, en forma de diálogo; el hombre es hombre en el diálogo, esto es, en el decir y el oír, que son equioriginarios. Pero no siempre el hombre ha sido diálogo, el diálogo solo puede darse a partir de la permanencia del referente de las palabras, esto es, a partir de que el hombre logra detener el tiempo y fundar los conceptos de pasado, presente y futuro, solo en ese momento la palabra logra referirse a algo que es permanente y dar paso a la historia. Es, entonces, cuando el hombre se hace histórico que nace el diálogo y que el mundo se hace palabra. Cuando la palabra logra referirse a algo consistente y permanente, es decir, cuando nace el lenguaje como tal, nace también el mundo.

Tropezamos con esta palabra en un proyecto grande y desarrollado para el poema incompleto que comienza: «Reconciliador en que tú nunca has creído…» (IV, 162 y 339 s.)

El hombre ha experimentado mucho
Nombrado a muchos celestes,
desde que somos un diálogo
y podemos oír unos de otro 

(IV, 343),

Hagamos resaltar luego, en estos versos, lo de inmediato referido en el contexto hasta aquí discutido: «Desde que somos un diálogo»… Nosotros los hombres somos un diálogo. El ser del hombre se funda en el habla; pero esta acontece primero en el diálogo. Sin embargo, esto no es solo una manera como se realiza el habla, sino que el habla solo es esencial como diálogo. Lo que de otro modo entendemos por «habla», a saber, un repertorio de palabras y de reglas de sintaxis, es solo el primer plano del habla. Pero ¿qué se llama ahora un «diálogo»? Evidentemente el hablar unos con otros de algo. Así entonces el habla es el medio para llegar uno al otro. Solo que Hölderlin dice: «Desde que somos un diálogo y podemos oír unos de otros». El poder oír no es una consecuencia del hablar mutuamente, sino antes al contrario el supuesto de ello. Solo que también el poder oír, en si, está arreglado sobre la posibilidad de la palabra y necesita de ésta. Poder hablar y poder oír son igualmente originarios. Somos un diálogo quiere decir que podemos oírnos mutuamente. Somos un diálogo significa siempre igualmente que somos un diálogo. Pero la unidad de este diálogo consiste en que cada vez está manifiesto en la palabra esencial el uno y el mismo por el que nos reunimos, en razón de lo cual somos uno y propiamente nosotros mismos. El diálogo y su unidad es portador de nuestra existencia (Dasein).

Pero Hölderlin no nos dice simplemente que somos un diálogo, sino: «Desde que somos un diálogo…»

Cuando la capacidad de hablar del hombre está presente y se ejercita, no está ahí sin más el acontecimiento esencial del habla: el diálogo. ¿Desde cuándo somos un diálogo? Donde debe haber un diálogo es preciso que la palabra esencial quede relacionada con el uno y el mismo. Sin esta relación es también justamente imposible disputar. Pero el uno y el mismo solo pueden ser patentes a la luz de algo permanente y constante. Sin embargo, la constancia y la permanencia solo aparecen cuando lucen la persistencia y la actualidad. Pero esto sucede en el momento en que se abre el tiempo en su extensión. Hasta que el hombre se sitúa en la actualidad de una permanencia, puede por primera vez exponerse a lo mudable, a lo que viene y a lo que va; porque solo lo persistente es mudable. Hasta que por primera vez «el tiempo que se desgarra» irrumpe en presente, pasado y futuro, hay la posibilidad de unificarse en algo permanente. Somos un diálogo desde el tiempo en que «el tiempo es». Desde que el tiempo surgió y se hizo estable, somos históricos. Ser un diálogo y ser histórico son ambos igualmente antiguos, se pertenecen uno al otro y son lo mismo.

Desde que somos un diálogo, el hombre ha experimentado mucho, y nombrado muchos dioses. Hasta que el habla aconteció propiamente como diálogo, vinieron los dioses a la palabra y apareció un mundo. Pero, una vez más, importa ver que la actualidad de los dioses y la aparición del mundo no son una consecuencia del acontecimiento del habla, sino que son contemporáneos. Y tanto más cuanto que el diálogo, que somos nosotros mismos, consiste en el nombrar los dioses y llegar a ser el mundo en la palabra.

Pero los dioses solo pueden venir a la palabra cuando ellos mismos nos invocan, y estamos bajo su invocación. La palabra que nombra a los dioses es siempre una respuesta a tal invocación. Esta respuesta brota, cada vez, de la responsabilidad de un destino. Cuando los dioses traen al habla nuestra existencia, entramos al dominio donde se decide si nos prometemos a los dioses o nos negamos a ellos.

Con esto podemos estimar plenamente lo que significa: «Desde que somos un diálogo…» Desde que los dioses nos llevan al diálogo, desde que el tiempo es tiempo, el fundamento de nuestra existencia es un diálogo. La proposición de que el habla es el acontecimiento más alto de la existencia humana ha obtenido así su explicación y fundamentación.

Pero inmediatamente surge la cuestión: ¿cómo empieza este diálogo que nosotros somos? ¿Quién realiza aquel nombrar de los dioses? ¿Quién capta en el tiempo que se desgarra algo permanente y lo detiene en una palabra? Hölderlin nos lo dice con la segura ingenuidad del poeta. Oigamos una cuarta palabra.

(el texto continúa en el siguiente post o aquí)

Martin Heidegger

Arte y Poesía (traducción de Samuel Ramos)

§ Una respuesta a Hölderlin y la esencia de la poesía (IV): tercera sentencia

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