Modernidad y Romanticismo

febrero 26, 2015 § Deja un comentario

El tema que me propongo explorar —poesía y modernidad— está formado por dos elementos cuya relación no es enteramente clara. La poesía de este fin de siglo es, al mismo tiempo, la heredera de los movimientos de la modernidad, del romanticismo a las vanguardias, y su negación. Tampoco es claro lo que se entiende por «moderno». La primera dificultad a que nos enfrentamos es al carácter elusivo y cambiante de la palabra: lo moderno es por naturaleza transitorio y lo contemporáneo es una cualidad que se desvanece apenas la nombramos. Hay tantas modernidades y antigüedades como épocas y sociedades: un azteca era moderno ante un olmeca y Alejandro frente a Amenofis IV. La poesía «moderna» de Darío era una antigualla para los ultraístas y el futurismo hoy nos parece, más que una estética, una reliquia. La Edad Moderna no tardará en ser la Antigüedad de mañana. Pero, por ahora, tenemos que resignarnos y aceptar que vivimos en la Edad Moderna a sabiendas de que se trata de una designación equívoca y provisional.

¿Qué queremos decir con esta palabra: modernidad? ¿Cuándo comenzó? Algunos piensan que se inició con el Renacimiento, la Reforma y el Descubrimiento de América; otros suponen que comenzó con el nacimiento de los Estados nacionales, la institución de la banca, el nacimiento del capitalismo mercantil y la aparición de la burguesía; unos pocos subrayan que lo decisivo fue la revolución científica y filosófica del siglo XVll, sin la cual no tendríamos ni técnica ni industria. Todas estas opiniones son admisibles. Aisladas son insuficientes; unidas, ofrecen una explicación coherente. Por esto, tal vez, la mayoría se inclina por el siglo XVIII: no sólo es el heredero de estos cambios e innovaciones sino que en ese siglo se advierten ya muchos de los rasgos que serían los nuestros. ¿Esa época fue una prefiguración de la que hoy vivimos? Sí y no. Más exacto sería decir que la nuestra ha sido la desfiguración de las ideas y proyectos de ese gran siglo.

La modernidad comienza como una crítica de la religión, la filosofía, la moral, el derecho, la historia, la economía y la política. La crítica es su rasgo distintivo, su señal de nacimiento. Todo lo que ha sido la Edad Moderna ha sido obra de la crítica, entendida ésta como un método de investigación, creación y acción. Los conceptos e ideas cardinales de la Edad Moderna —progreso, evolución, revolución, libertad, democracia, ciencia, técnica— nacieron de la crítica. En el siglo XVII la razón hizo la crítica del mundo y de sí misma; así transformó de raíz al antiguo racionalismo y a sus geometrías intemporales. Crítica de sí misma: la razón renunció a las construcciones grandiosas que la identificaban con el Ser, el Bien y la Verdad; dejó de ser la Casa de la Idea y se convirtió en un camino: fue un método de exploración. Crítica de la Metafísica y sus verdades impermeables al cambio: Hume y Kant. Crítica del mundo, del presente y el pasado; crítica de las certidumbres y valores tradicionales; crítica de las instituciones y las creencias, el Trono y el Altar; crítica de las costumbres, reflexión sobre las pasiones, la sensibilidad y la sexualidad: Rousseau, Diderot, Lacios, Sade; crítica histórica de Gibbon y Montesquieu; descubrimiento del otro: el chino, el persa, el indio americano; cambios de perspectiva en la astronomía, la geografía, la física, la biología… Al final, la crítica encarna en la historia: la Revolución de Independencia de los Estados Unidos, la Revolución francesa y el movimiento de independencia de los dominios americanos de España y Portugal. Por razones que he expuesto en otros escritos, la Revolución de Independencia en la América española y portuguesa fracasó en lo político y en lo social. Nuestra modernidad es incompleta o, más bien, es un híbrido histórico.

No es un accidente que estas grandes revoluciones, fundadoras de la historia moderna, se hayan inspirado en el pensamiento del siglo XVIII. Fue un siglo rico en proyectos de reforma social y en utopías. Se ha dicho que esas utopías son la parte menos afortunada de su legado; sin embargo, no podemos ni desdeñarlas ni condenarlas; si es cierto que se han cometido muchos horrores en su nombre, también lo es que les debemos casi todas las acciones y los sueños generosos de la Edad Moderna. Las utopías del XVIII fueron el gran fermento que puso en movimiento a la historia de los siglos XIX y XX. La utopía es la otra cara de la crítica y sólo una edad crítica puede ser inventora de utopías; el hueco dejado por las demoliciones del espíritu crítico lo ocupan casi siempre las construcciones utópicas. Las utopías son los sueños de la razón. Sueños activos que se transforman en revoluciones y reformas. La preeminencia de las utopías es otro rasgo original y característico de la Edad Moderna. Cada época se identifica con una visión del tiempo y en la nuestra la presencia constante de las utopías revolucionarias delata el lugar privilegiado que tiene el futuro para nosotros. El pasado no es mejor que el presente: la perfección no está atrás de nosotros sino adelante, no es un paraíso abandonado sino un territorio que debemos colonizar, una ciudad que hay que construir.

El cristianismo opuso a la visión del tiempo cíclico de la Antigüedad grecorromana un tiempo lineal, sucesivo e irreversible, con un principio y un fin, de la caída de Adán y Eva al Juicio final. Frente a ese tiempo histórico y mortal hubo otro tiempo sobrenatural, invulnerable ante la muerte y la sucesión: la Eternidad. Por esto el único episodio realmente decisivo de la historia terrestre fue el de la Redención: el descenso de Cristo y su sacrificio representan la intersección entre la Eternidad y la temporalidad, el tiempo sucesivo y mortal de los hombres y el tiempo del más allá, que no cambia ni sucede, idéntico a sí mismo siempre. La Edad Moderna se inicia con la crítica a la Eternidad cristiana y con la aparición de otro tiempo. Por una parte, el tiempo finito del cristianismo, con un principio y un fin, se vuelve el tiempo casi infinito de la evolución natural y de la historia, abierto hacia el futuro. Por la otra, la modernidad desvaloriza a la eternidad: la perfección se traslada al futuro, no en el otro mundo sino en éste. Apenas si necesito recordar la imagen célebre de Hegel: la rosa de la razón está crucificada en el presente. La historia, dijo, es un Calvario: transposición del misterio cristiano en acción histórica. El camino hacia lo absoluto pasó por el tiempo, fue tiempo. A su vez, entre los diversos modos del tiempo, la siempre diferida perfección residió en el futuro. Los cambios y las revoluciones fueron encarnaciones del movimiento de los hombres hacia el futuro y sus paraísos.

La relación del Romanticismo con la Modernidad es a un tiempo filial y polémica. Hijo de la Edad Crítica, su fundamento, su acta de nacimiento y su definición son el cambio. El romanticismo fue el gran cambio no sólo en el dominio de las letras y las artes sino en el de la imaginación, la sensibilidad, el gusto, las ideas. Fue una moral, una erótica, una política, una manera de vestirse y una manera de amar, una manera de vivir y de morir. Hijo rebelde, el romanticismo hace la crítica de la razón crítica y opone al tiempo de la historia sucesiva el tiempo del origen antes de la historia, al tiempo futuro de las utopías el tiempo instantáneo de las pasiones, el amor y la sangre. El romanticismo es la gran negación de la Modernidad tal como había sido concebida por el siglo XVIII y por la razón crítica, utópica y revolucionaria. Pero es una negación moderna, quiero decir: una negación dentro de la Modernidad. Sólo la Edad Crítica podía engendrar una negación de tal modo total.

El romanticismo convive con la Modernidad y se funde a ella sólo para, una y otra vez, transgredirla. Esas transgresiones asumen muchas formas pero se manifiestan siempre de dos maneras: la analogía y la ironía. Por lo primero entiendo «la visión del universo como un sistema de correspondencias y la visión del lenguaje como el doble del universo»[1]. Es una tradición antiquísima, reelaborada y transmitida por el neoplatonismo renacentista a diversas corrientes herméticas de los siglos XVI y XVIII y que, después de alimentar a las sectas filosóficas y libertinas del XVIII, es recogida por los románticos y sus herederos hasta nuestros días. Es la tradición central, aunque subterránea, de la poesía moderna, de los primeros románticos a Yeats, Rilke, los surrealistas. Al mismo tiempo que la visión de la correspondencia universal aparece, gemela adversaria, la ironía. Es el agujero en el tejido de las analogías, la excepción que interrumpe las correspondencias. Si la analogía puede concebirse como un abanico que, al desplegarse, muestra las semejanzas entre el esto y el aquello, el macrocosmos y el microcosmos, los astros, los hombres y los gusanos, la ironía desgarra el abanico. La ironía es la disonancia que rompe el concierto de las correspondencias y lo transforma en galimatías. La ironía tiene varios nombres: es la excepción, lo irregular, lo bizarro como decía Baudeíaire y, en una palabra, es el gran accidente: la muerte.

La analogía se inserta en el mito; su esencia es el ritmo, es decir, el tiempo cíclico hecho de apariciones y desapariciones, muertes y resurrecciones; la ironía es la manifestación de la crítica en el reino de la imaginación y la sensibilidad; su esencia es el tiempo sucesivo que desemboca en la muerte. La de los hombres y la de los dioses. (El tema de la muerte de Dios aparece en la conciencia moderna con los primeros textos de los románticos[2].) Doble transgresión: la analogía opone al tiempo sucesivo de la historia y a la beatificación del futuro utópico, el tiempo cíclico del mito; a su vez, la ironía desgarra el tiempo mítico al afirmar la caída en la contingencia, la pluralidad de dioses y de mitos, la muerte de Dios y de sus criaturas. Doble ambigüedad de la poesía romántica: es revolucionaria, no con sino frente a las revoluciones del siglo; al mismo tiempo, su religiosidad es una transgresión de las religiones cristianas[3]. La historia de la poesía moderna, del romanticismo al simbolismo, es la historia de las distintas manifestaciones de los dos principios que la constituyen desde su nacimiento: la analogía y la ironía.

[1] Cf. Los hijos del limo, Barcelona, 1974. (Incluido en el presente volumen.)

[2] Jean—Paul. Véase Los hijos del limo, capítulo III.

[3] Op. át.

Octavio Paz

La otra voz. Poesía y fin de siglo (1990)

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