La otra voz

febrero 26, 2015 § Deja un comentario

Al escribir estas reflexiones he recordado una y otra vez, no sin melancolía, las luchas que durante muchos años y en distintos países sostuvimos algunos poetas, escritores y artistas. En mi juventud , en contra del «realismo socialista», una doctrina que pretendía someter la literatura a los dictados de un Estado y de un partido que, en nombre de la liberación del género humano, levantaba monumentos a la gloria del látigo y la bota. Más tarde, la querella de «la literatura comprometida». Si la idea de Sartre era confusa, las interpretaciones a que dio pie, especialmente en América Latina, fueron deletéreas. Hubo necesidad de fumigarlas con la crítica. No me arrepiento de esas batallas; valieron la pena. Hoy las artes y la literatura se exponen a un peligro distinto: no las amenaza una doctrina o un panido político omnisciente sino un proceso económico sin rostro, sin alma y sin dirección. El mercado es circular, impersonal, imparcial e inflexible. Algunos me dirán que, a su manera, es justo. Tal vez. Pero es ciego y sordo, no ama a la literatura ni al riesgo, no sabe ni puede escoger. Su censura no es ideológica: no tiene ideas. Sabe de precios, no de valores.

Ya sé que es imposible luchar contra el mercado o negar su función y sus beneficios. Sin embargo, ahora que, según todos los signos, el socialismo totalitario se derrumba y ha dejado de amenazar a las sociedades democráticas, un nuevo pensamiento político y social tal vez podrá diseñar formas de intercambio menos onerosas. Ésta es mi ardiente esperanza. Desvanecidas las crueles utopías que han ensangrentado a nuestro siglo, ha llegado, al fin, la hora de comenzar una reforma radical, más sabia y humana, de las sociedades capitalistas liberales. También, claro está, de los pueblos de la periferia, agrupados bajo el nombre equívoco de Tercer Mundo. Tal vez esas naciones empobrecidas, víctimas sucesivamente de tiranos arcaicos y de astutos demagogos, de oligarquías rapaces y de intelectuales delirantes enamorados de la violencia, escarmentadas por los desastres de estas décadas, logren encontrar la salud política y con ella un poco de bienestar. Ninguna persona cuerda puede pensar que la crisis que hoy conmueve a los países que han vivido bajo el despotismo burocrático comunista no se extenderá al resto del mundo. Vivimos una vuelta de los tiempos: no una revolución sino, en el antiguo y más profundo sentido de la palabra, una revuelta. Un regreso al origen que es, asimismo, un volver al principio. No asistimos al fin de la historia, como ha dicho un profesor norteamericano, sino a un recomienzo. Resurrección de realidades enterradas, reaparición de lo olvidado y lo reprimido que, como otras veces en la historia, puede desembocar en una regeneración. Las vueltas al origen son casi siempre revueltas: renovaciones, renacimientos[1].

En la segunda mitad del siglo xvm aparece una compleja y poderosa corriente de ideas, sentimientos, aspiraciones y sueños (unos lúcidos y otros vesánicos) que cristalizan en la Revolución francesa y en la Revolución de Independencia de los Estados Unidos. Con ellas comienza nuestra historia, la de nuestro tiempo. El movimiento nacido de las dos grandes revoluciones recorre el siglo XIX como un río que aparece, se oculta y reaparece. Al transcurrir, cambia; al cambiar, vuelve incesantemente a su origen. Cada una de sus apariciones estuvo acompañada por nuevas ideas e hipótesis, utopías, programas de reformas sociales y políticas. Las filosofías de la Ilustración fueron modificadas; al lado del pensamiento liberal de un Tocqueville o de un Stuart Mili, surgieron ideologías nostálgicas de un pasado supuestamente mejor y otras, igualmente críticas del presente, que veían en el futuro el alba de una humanidad más libre, justa y pacífica. Pronto las utopías se transformaron en programas revolucionarios, muchas veces con pretensiones científicas. La gran aberración del siglo pasado fue buscar en la ciencia el fundamento que la antigua filosofía había buscado en Ja razón o en la divinidad. El marxismo, por ejemplo, sin renunciar a la dialéctica heredada de Hegel (lógica ilusoria), intentó aprovechar las aportaciones de Ricardo a la teoría económica; más tarde, y con menos justificación, la del evolucionismo de Darwin.

Las doctrinas anarquistas y socialistas fueron el gran fermento político y social de la segunda mitad del siglo XIX. Pero en nuestro siglo dos grandes guerras, seguidas de violentas revoluciones en un extremo de Europa y en Asia, interrumpieron el proceso de cambio gradual que preveían muchos socialistas y demócratas. Los regímenes totalitarios surgidos de la versión bolchevique del marxismo fueron el tiro por la culata del socialismo. Nueva prueba de la escasa maleabilidad de la materia histórica, siempre rebelde a las pretensiones de la teoría. Hoy asistimos a la impresionante refutación del llamado «socialismo científico». Sus creyentes no tienen más remedio que admitir que esos regímenes no fueron nunca ni socialistas ni científicos. Pero el descrédito de este terrible experimento, ¿alcanza también a las aspiraciones libertarias e igualitarias que inspiraron a los pensadores anarquistas y socialistas del siglo pasado? No lo creo. Ante las iniquidades del sistema capitalista esos hombres se hicieron algunas preguntas. Esas preguntas siguen sin contestar.

Es verdad que el sistema capitalista ha mostrado una inmensa capacidad de renovación: al mismo tiempo que ha multiplicado su eficacia, se ha reformado y humanizado. En Occidente reina la abundancia y hay una inmensa y próspera clase media que incluye a vastas capas áei antiguo proletariado. Aparte de que esta prosperidad sólo alcanza a una tracción del género humano, ¿cómo ocultar o negar las injusticias y la desigualdad que todavía existen en las naciones más desarrolladas? ¿Cómo ignorar o minimizar otros deplorables aspectos de la sociedad de consumo? La abundancia no ha hecho ni más buenos ni más sabios ni más felices a los europeos y a los norteamericanos. Para medir nuestra penuria estética y nuestra bajeza moral y espiritual, basta con pensar en un ateniense del siglo V a.C, un romano de tiempos de Trajano y Marco Aurelio o un florentino del siglo XV.

Los programas de los escritores socialistas y libertarios tueron muchas veces ingenuos y simplistas; otras, brutales y despóticos. No obstante, ni las carencias, lagunas, errores y excesos de esos programas, ni su colosal fracaso histórico, invalidan la legitimidad de las preguntas que esos hombres se hicieron. Me parece que se aproxima la hora de hacernos esas o parecidas preguntas. Casi seguramente, nuestras respuestas serán distintas. Nada más natural. Pero estarán inspiradas por motivos semejantes y deberán satisfacer esperanzas análogas. Las preguntas a que me refiero son básicas. Aparecen en el momento mismo ¿el nacimiento de la era moderna y en ellas está contenida, como si fuesen una semilla, toda la historia de nuestro tiempo, sus quimeras y sus contradicciones, sus extravíos y sus iluminaciones. Pueden condenarse, sin excesivo riesgo de simplificarlas, en la relación entre las tres palabras cardinales de la democracia moderna: libertad, igualdad y fraternidad. La relación entre ellas es incierta o, más bien, problemática. Hay contradicción entre ellas: ¿cuál es el puente que puede unirlas?

A mi modo de ver, la palabra central de la tríada es fraternidad. En ella se enlazan las otras dos. La libertad puede existir sin igualdad y la igualdad sin libertad. La primera, aislada, ahonda las desigualdades y provoca las tiranías; la segunda, oprime a la libertad y termina por aniquilarla. La fraternidad es el nexo que las comunica, la virtud que las humaniza y las armoniza. Su otro nombre es solidaridad, herencia viva del cristianismo, versión moderna de la antigua caridad. Una virtud que no conocieron ni los griegos ni los romanos, enamorados de la libertad pero ignorantes de la verdadera compasión. Dadas las diferencias naturales entre los hombres, la igualdad es una aspiración ética que no puede realizarse sin recurrir al despotismo o a la acción de la fraternidad. Asimismo, mi libertad se enfrenta fatalmente a la libertad del otro y procura anularla. El único puente que puede reconciliar a estas dos hermanas enemigas —un puente hecho de brazos enlazados— es la fraternidad. Sobre esta humilde y simple evidencia podría fundarse, en los días que vienen, una nueva filosofía política. Sólo la fraternidad puede disipar la pesadilla circular del mercado. Advierto que no hago sino imaginar o, más exactamente, entrever, ese pensamiento. Lo veo como el heredero de la doble tradición de la modernidad: la liberal y la socialista. No creo que deba repetirlas sino trascenderlas. Sería una verdadera renovación.

A la luz de estas ideas, o más bien: esperanzas, la pregunta del principio —¿quiénes leen libros de poemas?— adquiere su verdadero sentido. En el pasado, los lectores de poemas pertenecían a las clases dirigentes: ciudadanos griegos, patricios y caballeros romanos, clérigos medievales, cortesanos de la edad barroca, intelectuales de la burguesía. En muchos casos esos lectores fueron grandes gobernantes como Pericles, Augusto o Adriano; otros fueron monarcas débiles pero sensibles, como Felipe IV («nuestro buen rey», lo llama Manuel Machado) y el desdichado emperador Hsüan Tsung; otros, en fin, déspotas ilustrados, como Federico de Prusia. En la edad moderna sobreviene el gran cambio: desde el romanticismo, los lectores de poemas han sido, como los poetas mismos, los solitarios y los inconformes. Poetas y lectores burgueses pero rebeldes a su origen, su clase y la moral de su mundo. Ésta es una de las glorias más ciertas de la burguesía, la clase social que tomó el poder con el arma del pensamiento crítico y que no ha dejado de usarlo para analizarse a sí misma y a sus obras. El examen de conciencia y los remordimientos que lo acompañan, legado de cristianismo, han sido y son el remedio más potente contra los males de nuestra civilización.

En la tradición de crítica y de rebeldía de la modernidad, la poesía ocupa un lugar a un tiempo central y excéntrico. Central porque, desde el principio, fue parte esencial de la gran corriente de crítica y subversión que atravesó los siglos Xix y XX. Casi todos nuestros grandes poetas han participado, en un momento o en otro, en esos movimientos de emancipación. Pero la singularidad de la poesía moderna consiste en que ha sido la expresión de realidades y aspiraciones más profundas y antiguas que las geometrías intelectuales de los revolucionarios y las cárceles de conceptos de los utopistas. En uno de sus extremos, la poesía roza la frontera eléctrica de las visiones y las inspiraciones religiosas. Por esto ha sido, alternativamente y con parecido extremismo, revolucionaria y reaccionaria. No es extraño, asimismo, que todos sus amores y conversiones hayan terminado invariablemente en divorcios y apostasías. Desde su nacimiento, bajo la luz brusca del relámpago romántico que rompió las simetrías del siglo XVIII, hasta la penumbra violenta de nuestra época, la poesía no ha cesado de ser pertinaz y terca heterodoxia. Incesante movimiento en zigzag, continua rebelión frente a todas las doctrinas y las iglesias; asimismo, amor no menos constante a las realidades humilladas, reacias a las manipulaciones fideístas y a las especulaciones racionalistas. Poesía: piedra de escándalo de la modernidad.

Entre la revolución y la religión, la poesía es la otra voz. Su voz es otra porque es la voz de las pasiones y las visiones; es de otro mundo y es de este mundo, es antigua y es de hoy mismo, antigüedad sin fechas. Poesía herética y cismática, poesía inocente y perversa, límpida y fangosa, aérea y subterránea, poesía de la ermita y del bar de la esquina, poesía al alcance de la mano y siempre de un más allá que está aquí mismo. Todos los poetas, en esos momentos largos o cortos, repetidos o aislados, en que son realmente poetas, oyen la voz otra. Es suya y es ajena, es de nadie y es de todos. Nada distingue al poeta de los otros hombres y mujeres, salvo esos momentos —raros aunque sean frecuentes— en que, siendo él mismo, es otro. ¿Posesión de fuerzas y poderes extraños, irrupción de un fondo psíquico enterrado en lo más íntimo de su ser, o peregrina facultad para asociar palabras, imágenes, sonidos, formas? No es fácil responder a estas preguntas. Sin embargo, no creo que sólo sea una facultad. Pero si lo fuese: ¿de dónde viene? En fin, sea una cosa o la otra, lo cierto es que la radical extrañeza del fenómeno poético hace pensar en una dolencia que aún espera el diagnóstico del médico. La medicina antigua —y también la filosofía, comenzando por Platón— atribuían la facultad poética a un trastorno psíquico. Era una manía, es decir, un furor sagrado, un entusiasmo, un transporte. Sin embargo, la manía no es sino uno de los polos del trastorno; el otro es la absentía, el vacío interior, ese «melancólico bostezo» de que habla el poeta. Plenitud y vacuidad, vuelo y caída, entusiasmo y melancolía; poesía.

La singularidad psíquica y social del poeta se acentúa apenas se repara en su origen social. Todos los poetas modernos, salvo media docena de aristócratas, han pertenecido a la clase media. Todos han tenido una educación universitaria; unos han sido abogados y periodistas, otros médicos, profesores, diplomáticos, agentes de publicidad, banqueros, negociantes, pequeños o grandes burócratas. Unos pocos, como Verlaine y Rimbaud, han sido parásitos y tránsfugas. Pero Verlaine tenía una pequeña renta y Rimbaud fue un drop—out de la burguesía provincial. En suma, todos han sido productos de la gran creación histórica de la modernidad: la burguesía. Y por eso mismo todos han sido, sin excepción, enemigos violentos de la modernidad. Enemigos y víctimas. Así, nueva paradoja, han sido plenamente modernos. Heterodoxos cuando bendicen el orden, como Eliot, o cuando se santiguan, como Claudel, o cuando salmodian letanías leninistas, como Brecht y Neruda; libertarios cuando agitan el incensario para sahumar a un demagogo disfrazado de César, como Pound… Todos, poetas uniformados o en harapos, poetas mujeres y poetas hombres, poetas de todos los sexos y de ninguno, de todas las profesiones, creencias, partidos y sectas, poetas vagabundos por los cuatro confines y poetas que nunca han abandonado su ciudad, su barrio y su cuarto, todos han oído, no afuera sino adentro de ellos mismos (trueno, borborigmo, chorro de agua) la otra voz. Nunca la voz de «aquí y ahora», la moderna, sino la ¿le allá, la otra, la del comienzo.

La singularidad de la poesía moderna no viene de las ideas o las actitudes del poeta: viene de su voz. Mejor dicho: del acento de su voz. Es una modulación indefinible, inconfundible y que, fatalmente, la vuelve otra. Es la marca, no del pecado sino de la diferencia original. La modernidad antimoderna de nuestra poesía, desgarrada entre la revolución y la religión, vacilante entre llorar como Heráclito y reír como Demócrito, es una verdadera transgresión. Pero una transgresión casi siempre involuntaria y que aparece sin que el poeta se lo proponga. La transgresión brota, como ya dije, de una diferencia original; no es un agregado ni un elemento postizo sino la manera propia de ser de la poesía en la edad moderna. La razón de esta singularidad es histórica. Un poema puede ser moderno por sus temas, su lenguaje y su forma, pero por su naturaleza profunda es una voz antimoderna. El poema expresa realidades ajenas a la modernidad, mundos y estratos psíquicos que no sólo son más antiguos sino impermeables a los cambios de la historia. Desde el paleolítico, la poesía ha convivido con todas las sociedades humanas; no hay una sociedad que no haya conocido esta o aquella forma de poesía. Ahora bien, aunque atada a un suelo y a una historia, siempre se ha abierto, en cada una de sus manifestaciones, aun más allá transhistórico. No aludo a un más allá religioso: hablo de la percepción del otro lado de la realidad. Es una experiencia común a todos los hombres en todas las épocas y que me parece anterior a todas las religiones y filosofías[2].

En un mundo regido por la lógica del mercado y, en los países comunistas, por la eficacia, la poesía es una actividad de rendimiento nulo. Sus productos son escasamente vendibles y poco útiles (salvo como propaganda en las dictaduras e ideocracias totalitarias). Para la mente moderna, aunque ño se le confiese a ella misma, la poesía es energía, tiempo y talento convertidos en objetos superfluos. Poema: forma verbal de poca utilidad y vil precio. Poesía: gasto, dispendio, desperdicio. No obstante, contra viento y marea, la poesía circula y es leída. Rebelde al mercado, apenas si tiene precio; no importa: va de boca en boca, como el aire y el agua. Su valía y su utilidad no son mensurables: un hombre rico en poesía puede ser un mendigo. Tampoco se puede ahorrar poemas: hay que gastarlos. O sea: decirlos. Gran misterio: el poema contiene poesía a condición de no guardarla; está hecho paxa—esparcirla y derramarla, como la jarra que vierte el vino y el agua. Todas las artes, especialmente la pintura y la escultura, por ser formas, son cosas; por esto pueden guardarse, venderse y transformarse en objetos de especulación monetaria. La poesía también es cosa pero es muy poca cosa: está hecha de palabras, una bocanada de aire que no ocupa lugar en el espacio. A la inversa del cuadro, el poema no muestra imágenes ni figuras: es un conjuro verbal que provoca en el lector, o en el oyente, un surtidor de imágenes mentales. La poesía se oye con los oídos pero se ve con el entendimiento. Sus imágenes son criaturas anfibias: son ideas y son formas, son sonidos y son silencio.

Concluyo,pero, antes, debo repetir lo que he dicho. La discordia entre poesía y modernidad no es accidental sino consubstancial. La oposición entre ambas aparece desde el comienzo de nuestra época, con los primeros románticos. La paradoja es que esa incompatibilidad es uno de los atributos, quizá el central, de la poesía moderna; además, esa incompatibilidad la vuelve aceptable para el lector, que ve en ella una imagen de su propia situación. Sólo los modernos pueden ser tan total y desgarradoramente antimodernos como lo han sido todos nuestros grandes poetas. La modernidad, fundada en la crítica, secreta de un modo natural la crítica de sí misma. La poesía ha sido una de las manifestaciones más enérgicas y vivaces de esa crítica. Pero su crítica no ha sido ni racional ni filosófica sino pasional y en nombre de realidades ignoradas o negadas por la edad moderna. La poesía ha resistido a la modernidad y al negarla, la ha vivificado. Ha sido su réplica y su antídoto. Al llegar a este punto, vuelvo al comienzo de mi reflexión.

Hoy somos testigos, según todos los signos, de otro gran cambio. No sabemos si vivimos eJ fin o la renovación de la modernidad. En esta vuelta de los tiempos, ¿cual podrá ser la función de la poesía? Si, como creo y espero, nace un nuevo pensamiento político, sus creadores tendrán que oír la otra voz. Fue inoída por los ideólogos revolucionarios de nuestro siglo y esto explica, en parte al menos, el gran fracaso de sus proyectos. Sería desastroso que la nueva filosofía política ignorase esas realidades ocultadas y enterradas por el hombre moderno. La función de la poesía durante los dos últimos siglos ha sido recordarnos la existencia de esas realidades; la función de la poesía de mañana no podrá ser distinta. Su misión no consistirá en alimentar con ideas al pensamiento sino recordarle, como ahora, lo que tercamente ha olvidado durante tres siglos. La poesía es la Memoria hecha imagen y la imagen convertida en voz. La otra voz no es la voz de ultratumba: es la del hombre que está dormido en el fondo de cada hombre. Tiene mil años y tiene nuestra edad y todavía no nace. Es nuestro abuelo, nuestro hermano y nuestro biznieto.

Es imposible, naturalmente, saber hacia dónde se van a dirigir las sociedades y los pueblos en el siglo XXI. Quizá ese nuevo pensamiento, destinado a responder las preguntas generosas con que se inició la era moderna, no sea sino un buen deseo, una esperanza, algo que pudo ser y que fue disipado por la historia. Sería terrible pues ya están a la vista, en muchas partes del mundo, signos inquietantes del regreso de las viejas pasiones religiosas, los fanatismos nacionalistas y el culto a la tribu. Reaparecen creencias y emociones que fueron sofocadas tanto por el racionalismo liberal como por los regímenes que ostentaron la máscara del «socialismo científico». Esas creencias y esas pasiones fueron mortíferas y volverán a serlo si no somos capaces de absorberlas y sublimarlas.

Más allá de la suerte que el porvenir reserve a los hombres, algo me parece evidente: la institución del mercado, ahora en su apogeo, está condenada a cambiar. No es eterna. Ninguna creación humana lo es. Ignoro si será modificada por la sabiduría de los hombres, substituida por otra más perfecta, o si será destruida por sus excesos y contradicciones. En este último caso podría arrastrar en su ruina a las instituciones democráticas. Posibilidad que me estremece pues entonces entraríamos en una edad obscura, como ha ocurrido más de una vez en la historia. No necesito recordar el fin del mundo grecorromano, la declinación de las civilizaciones en la India y en China o el letargo de siglos en que cayó el islam. Ahora bien, ocurra lo que ocurra, es claro que el inmenso, estupro y suícida derroche de los recursos naturales tiene que cesar pronto, s* es que ‘os nom” bres quieren sobrevivir sobre la tierra. La causa de este gigantesco desperdicio de riquezas —vida presente y futura— es el proceso circular del mercado. Es una actividad de alta eficacia pero sin dirección y cuyo único fin es producir más y más para consumir más y más— ^a obtusa política de la mayoría de los gobiernos de los países subdesarrollados, tanto en América Latina como en Asia y África, ha contribuido también a la universal destrucción y contaminación de lagos, ríos, mares> vaUcs> selvas y montañas. Ninguna civilización había estado regida por una fatalidad tan ciega, mecánica y destructiva.

La coyuntura que acabo de evocar se presentará en el porvenir inmediato, cualesquiera que sean nuestras instituciones politicé y sochics e independientemente de nuestras creencias y opiniones. Pe necno» va se na presentado y en términos más y más perentorios y amenazantes. Incluso puede decirse sin exagerar que el tema central de este fin “e s^° no es e de la organización política de nuestras sociedades ni el de su orientación histórica. Lo urgente, hoy, es saber cómo vamos a asegUrar *a suPerviven~ cia de la especie humana. Ante esa realidad, ¿cuál puede ser la función de la poesía? ¿Qué puede decir la otra voz? Ya he indicado que a naciese un nuevo pensamiento político, la influencia de la poesía sena indirecta: re~ cordar ciertas realidades enterradas, resucitarlas y presentarlas. Ante la cuestión de la supervivencia del género humano en una tierra envenenada y asolada, la respuesta no puede ser distinta. Su influencia sena indirecta: sugerir, inspirar e insinuar. No demostrar sino mostraf—

El modo de operación del pensamiento poético es la imaginación y ésta consiste, esencialmente, en la facultad de poner en relación realidades contrarias o disímbolas. Todas las formas poéticas y todas las figuras de lenguaje poseen un rasgo en común: buscan y, con frecuencia, descubren semejanzas ocultas entre objetos diferentes. En los círculos mas extremos, unen a los opuestos. Comparaciones, analogías, metáforas> rnetonimias y los demás recursos de la poesía: todos tienden a producir imágenes en las que pactan el esto y el aquello, lo uno y lo otro, los mucnos7 el uno’ La operación poética concibe al lenguaje como un univefsO animado, recorrido por una doble corriente de atracción y de repulsión— En el lenguaje se reproducen las luchas y las uniones, los amores y l*s separaciones de los astros y de las células, de los átomos y de los homt>res— Cada Poem^ cualquiera que sea su tema, su forma y las ideas que lo informan, es a todo y sobre todo un pequeño cosmos animado. El poema refleja la solidaridad de las «diez mil cosas que componen el universo», como decían los antiguos chinos.

Espejo de la fraternidad cósmica, el poema es un modelo de lo que podría ser la sociedad humana. Frente a la destrucción de la naturaleza, muestra la hermandad entre los astros y las partículas, las substancias químicas y la conciencia. La poesía ejercita nuestra imaginación y así nos enseña a reconocer las diferencias y a descubrir las semejanzas. El universo es un tejido vivo de afinidades y oposiciones. Prueba viviente de la fraternidad universal, cada poema es una lección práctica de armonía y de concordia, aunque su tema sea la cólera del héroe, la soledad de la muchacha abandonada o el hundirse de la conciencia en el agua quieta del espejo. La poesía es el antídoto de la técnica y del mercado. A eso se reduce lo que podría ser, en nuestro tiempo y en el que llega, la función de la poesía. ¿Nada más? Nada menos.

La cuestión del principio: ¿cuántos y quiénes leen poemas?, se enlaza naturalmente con la de la supervivencia de la poesía en el mundo moderno. A su vez, esta pregunta se desdobla en otra de mayor urgencia y gravedad: la supervivencia de la humanidad misma. El poema es un modelo de supervivencia fundada en la fraternidad —atracción y repulsión— de los elementos, las formas y las criaturas del universo. Hugo Jo dijo de una manera soberbia: Tout cherche tout, sans but, sans tréve, sans repos. La relación entre el hombre y la poesía es tan antigua como nuestra historia: comenzó cuando el hombre comenzó a ser hombre. Los primeros cazadores y recolectores de frutos un día se contemplaron, atónitos, durante un instante inacabable, en el agua fija de un poema. Desde entonces, los hombres no han cesado de verse en ese espejo de imágenes. Y se han visto, simultáneamente, como creadores de imágenes y como imágenes de sus creaciones. Por esto, puedo decir con un poco de seguridad que, mientras haya hombres, habrá poesía. Pero la relación puede romperse. Nació de la facultad humana por excelencia, la imaginación; puede quebrarse si la imaginación muere o se corrompe. Si el hombre olvidase a la poesía, se olvidaría de sí mismo. Regresaría al caos original.

México, a 1 de Diciembre de igtíp La otra voz. Poesía y fin de siglo se publicó en Barcelona, Seix Barral, 1990.

[1] Véase Corriente alterna, 1967, especialmente la tercera parte y Tiempo nublado y 1983, capítulos IV y V.

[2] Hace muchos años me afané por dilucidar esta experiencia en la segunda parte de El arco y U lira, 1956.

Octavio Paz

La otra voz. Poesía y fin de siglo (1990)

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