Isabel Pérez Montalbán o la nueva poesía social

agosto 8, 2011 § Deja un comentario

Desde mi punto de vista (lectura), Isabel Pérez Montalbán (Córdoba, 1964) posee, sin duda, la voz poética más clara y emocionantemente social de la poesía española actual. Su último libro Un cadáver lleno de mundo le valió el XVII Premio Ciudad de Córdoba «Ricardo Molina». Se trata de un precioso recorrido biográfico-literario («Curriculum vitae») en dos partes: «El crecimiento» y «Supervivencia», un recorrido que recoge toda una conciencia política y social que denuncia las injusticias del sistema, que clama su indignación y proclama la herida de los pobres, el frío del proletario. Digamos que Isabel Pérez Montalbán culminan con este título proveniente de un verso de César Vallejo (Su cadáver estaba lleno de mundo) una obra excepcional en su coherencia íntima y social. Una poeta recomendable y necesaria.

Además de este libro ha publicado los poemarios No es precisa la muerte, Puente levadizo, Fuegos japoneses en la bahía, Cartas de amor de un comunista, Los muertos nómadas, El frío proletario, La autonomía térmica de los pingüinos, Siberia propia y Animal ma non troppo.

Expongo a continuación dos poemas. El primero, perteneciente al poemario Cartas de amor de un comunista, es uno de los poemas más emocionantes que he leído últimamente. Se trata del titulado «Clases sociales», un poema que enseguida nos conecta intertextualmente con la atmósfera y el sentimiento de Los santos inocentes, de Miguel Delibes.

El siguiente poema que he seleccionado para esta ocasión es el titulado «La supervivencia», de Un cadáver lleno de mundo. Se trata del primer poema de la segunda parte que ejemplifica las ideas ya expuestas sobre una poética donde se une íntimamente lo biográfico y lo social, y cuya suma supone una emoción inevitable.

CLASES SOCIALES

                    Los pobres son príncipes que tienen

                    que reconquistar su reino.

 

Agustín Díaz-Yanes

Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto

 

Con seis años, mi padre trabajaba

de primavera a primavera.

De sol a sol cuidaba de animales.

El capataz lo ataba de una cuerda

para que no se perdiera en las zanjas,

en las ramas de olivo, en los arroyos,

Y cuando oscurecía, sin esfuerzo,

tiraba de él, lo regresaba níveo,

amoratado, con temblores

y ampollas en las manos,

y alguna enredadera de abandono

en las paredes quebradizas

de sus pulmones rosas

y su pequeño corazón.

 

En sus últimos años volvía a ser un niño:

se acordaba del frío proletario,

(porque era ya substancia de sus huesos),

del aroma de salvia, del primer cine mudo

y del pan con aceite que le daban al ángelus,

en la hora de las falsas proteínas.

Pero su señorito, que era bueno,

con sus botas de piel y sus guantes de lluvia,

una vez lo llevó, en coche de caballos,

al médico. Le falla la memoria

del viaje: lo sacaron del cortijo sin pulso,

tenía más de cuarenta de fiebre

y había estado a punto de morirse,

con seis años, mi padre, de aquella pulmonía.

Con seis años, mi padre.

            Isabel Pérez Montalbán

Cartas de amor de un comunista, Germanía, Valencia, 1999

En las eras. Escober (Zamora, 1988), foto de la muestra España oculta. / CRISTINA GARCÍA RODERO (MAGNUM)

 

 LA SUPERVIVENCIA

 

¿Es que ya no te acuerdas? Del derecho político,

del autobús tan frío amaneciendo

por donde los establos del tráfico y la fiebre.

 

No renuncies. Acuérdate de entonces,

de respirar la pringue en las cocinas,

de aquel olor a furia y camposanto;

y de las comuniones, del salario de abril,

de platos y más platos en jabón corrosivo,

de las manos con cortes y durezas.

Aquel mundo se abría y se cerraba

mientras pelar patatas inspiraba un poema

con que iniciar la búsqueda subversiva de un nido.

 

Y dónde estabas tú, por el abrazo

de qué amante mortal y migratorio,

sobre cuál sembradura te dormías,

qué noche de borrasca la cuna provisoria

no soportó ya el peso de plumas y reptiles,

y en el fondo de qué bendito estercolero

te sorprendió de pronto esa hora de morir

o el día soleado de la resurrección.

 

Sí, me acuerdo. Remuevo los escombros,

la oxidada hojalata de los años,

y en los tiempos de escasas proteínas,

de chispa y minifalda de estraperlo,

estaba yo nublada en la extensión

de las piernas y al borde de lo oscuro,

precipitada al filo en los apuntes,

mordida por la anemia y la humedad;

toda la piel un gélido archipiélago

de pecas con las playas sin camino.

 

Estaba, pero no era todavía.

Huidiza del contacto y de las clases,

entre la disciplina y el incendio,

entre los canapés y el medio bocadillo,

entre la nicotina y la cordura,

estaba pero no era. Sólo fingía ser.

Aunque a veces de golpe estuve y fui

por el domingo ocaso de llovizna,

sola en salas de cine también solas:

Redford sobrevolaba las praderas de África,

moría sin saber que yo lo esperé siempre.

 

Isabel Pérez Montalbán

            Un cadáver lleno de mundo, Hiperión, Madrid, 2010

 

 

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